martes, 7 de febrero de 2012

TIM BUCKLEY : NAVEGANTE ESTELAR




EL PAPÁ DE JEFF BUCKLEY FUE UN MÚSICO SUPERDOTADO Y GLORIOSAMENTE IMPREDECIBLE. ESTA ES UNA VERSIÓN RESUMIDA DE SU HISTORIA.

Tim Buckley estaba adelantado a su tiempo antes que fuera de moda ser un adelantado. Cuando su voz suena en una habitación, las personas olvidan las nimiedades que están perpetrando y se ponen a escuchar. La voz de Buckley pronto invade los intersticios entre las moléculas. Pronto, el espacio todo rinde el parque.

Al igual que el boxeador de Paul Simon, cuando Tim Buckley dejó su casa y su familia, no era más que un muchacho en la compañía de extraños. Extraños sabios y sensibles, como Jac Holzman, jefe del progresista sello Elektra. A principios de los 60 Elektra había hecho su cabecera de playa en el mercado discográfico copando varios ejemplos del folk existencial de entonces: Tom Paxton, Fred Neil, Judy Collins. Con el saco a medio poner, como muestra la portada de su primer álbum, Buckley recorrió los cafetines del Soho neoyorquino y los clubes de Los Angeles. Cara querubinesca, aura enamoradiza, guitarra en ristre. El debut, Tim Buckley, podría pasar por una nouvelle vague de ocres sueños hippies, si no fuese porque Buckley ya apuntaba más alto. Nunca se lo vio cómodo entre los burgueses intentos de rebeldía del rock californiano. Tuvo, sí, un hit considerable con su segundo disco, Goodbye and Hello, cuando las coordenadas de sus intereses se cruzaron con la breve primavera de la contracultura: “No Man Can Find the War” lo encontró ponderando el absurdo de la guerra; “I Never Asked to be Your Mountain” expresó su ambigüedad hacia el compromiso sentimental y “Pleasant Street” insinuó su desconfianza frente a los paraísos químicos. La Norteamérica joven lo amó. Buckley, sin embargo, no se detuvo a saludar. Disfrutó del sexo, la plata y el status que le daba su nueva condición de favorito, pero no se le nubló el juicio. Con las mismas pocas pulgas con que una vez dejó plantado al productor de un programa de TV (“¡Mirás vos! ¡Este imbécil me pide que mueva los labios y haga creer que canto mientras pasan mi disco!”), Buckley se fue alejando de quienes pretendían mostrarle los peldaños del escalafón folk-rockero a cambio de un voto de mansedumbre.

Tim Buckley rodeó su talento de talento. Con un amigo poeta, Larry Beckett, encajó estrofas sinuosas en melodías cada vez más esotéricas. Otro lugarteniente de años, el guitarrista Lee Underwood, le protegía las espaldas comandando un grupo con la elasticidad del jazz íntimo y la osadía del avant-garde. Los títulos de sus discos no son casuales. Goodbye and Hello significó un adios a los ritos del establishment rockero y un hola esperanzado a territorios inhollados. Happy/Sad plasmó su inquietante ciclotimia musical en seis piezas expansivas, de múltiples estímulos. Lorca trazaba un curioso paralelo con aquel malogrado escritor español, atrapado con su prosa elegante en una época de fundamentalismos tan ciegos como monolíticos.

A despecho de su fama de negociante calculador, el entonces mánager de las Mothers of Invention, Herb Cohen, siempre tuvo un sexto sentido para detectar dones inusuales. Fue así que le pareció natural sumar a Tim Buckley a los sellos gemelos –Straight y Bizarre- en los que estaba asociado al líder de las Mothers of Invention para estimular formas musicales originales, esas que se caen por los bordes del mercado tradicional. Con Beckett en el ejército, el cambio de década encontró a Buckley alejándose progresivamente de la canción tradicional. Sus canciones se volvieron oblicuas en estructura y menos verborrágicas en la parte lírica, tratando la voz como un instrumento más, rodeada del timbre sutil del vibráfono, baterías con escobillas, guitarras acústicas. Una idea de su total indiferencia a las leyes del mercado discográfico lo da el hecho de que publicó Blue Afternoon y Lorca casi en forma simultánea, en sellos diferentes. Una vez más la clave del primero puede buscarse en el título: canciones apacibles y melancólicas para una bucólica tarde que se va de a poco.

Le faltaba aún tirarse del trampolín –como siempre, sin fijarse si había agua debajo- y Tim Buckley dio graciosamente el salto en Starsailor. Navegó las estrellas tras la musa-nereida de su clásico inmortal “Song to the Siren”; ese mismo que Liz Fraser entonó junto a This Mortal Coil, presentando a Buckley a la generación de los ochentas.

http://www.youtube.com/watch?v=vMTEtDBHGY4

El espíritu errante de Buckley no era fácil de satisfacer. Mucho antes que el rock coqueteara con los sonidos folklóricos del mundo, Tim buscó la proyección a otras geografías musicales y para ello se enroló en un curso universitario de etnomusicología. Agotadas las regalías de sus tempranos hits, los rumores lo sitúan trabajando de taxista y de chofer, mientras perseguía una carrera paralela de actor, guionista y escritor.

Con todo, su nervio motor siguió siendo la música. En Greetings From L.A. se reinventó como un shamán erótico y funk; la sutil austeridad de antaño reemplazada por bronces, órgano, percusiones, coros y cuerdas. La voz de Buckley, no obstante, era el centro del huracán. De hecho nunca mostró mayores recursos expresivos que en orgástico scat de “Get On Top”. Sefronia conservó la carga sensual pero le agregó un toque de misterio al repertorio propio (“Quicksand”) y una nueva dimensión a temas ajenos, como muestran sus covers de “Dolphins” (de Fred Neil, el autor de “Everybody’s Talking”) y de “Sally Go Round The Roses”, que en boca de Tim pasa de una simple canción de amor a la obsesión de un potencial predador sexual.

Europa, y en particular Inglaterra y Escandinavia, fueron un refugio artístico para Buckley ante la indiferencia que encontraba en su país. No en vano varios de los mejores testimonios de su música sobre un escenario, aparecidos pos mortem (Dream Letter, Once I Was, Morning Glory) provienen de excursiones al viejo continente. Pero su status de héroe de culto no alcanzó para cambiar la historia. El curioso sino revelador de los títulos de sus álbumes asomó de nuevo en Look At the Fool, donde –por primera vez en su carrera- Buckley no parece estar en control de su producción musical. Su voz, impresionante como siempre, navega errabunda entre temas mundanos y arreglos estandarizados.

Nadie sabe bien qué pasó aquella infausta noche de junio del 75. Los testigos dicen que Buckley –que se aprestaba a dar un nuevo golpe de timón y recuperar las riendas de su carrera- estuvo en una fiesta con amigos y cedió a la tentación de aspirar algo de heroína, una droga con la que coqueteó en varios pasajes de su vida. El hecho de estar limpio de adicciones, paradójicamente, puede haber dictado su sentencia de muerte, ya que el metabolismo de Buckley se había desacostumbrado a tolerar la sustancia química.

Ese cálculo errado de una noche de celebración privó al mundo de volver a escuchar a una de las más grandes voces de la historia del rock. Un buen aporte a la teoría de que el talento se transmite con los genes lo da el hecho de que Jeff Buckley (producto de una relación casi adolescente de Tim) continuó la senda de cantautor brillante de su padre en los noventa, para extinguirse de una manera no menos trágica, arrastrado por una corriente del río Mississippi. Pero esto, como suele decirse, es otra historia.

ALBUMES ESENCIALES

Tim Buckley (1966)
Goodbye and Hello (1967)
Happy/Sad (1968)
Lorca (1968)
Blue Afternoon (1969)
Starsailor (1970)
Greetings From LA (1972)
Sefronia (1973)
Morning Glory: The Tim Buckley Anthology (2001) (Recopilación de 2 CDs)

7 CLASICOS TIM BUCKLEY

“Strange Feelin’”
“Buzzin’ Fly”
“I Must Have Been Blind”
“Song to the Siren”
“Get On Top”
“Honey Man”
“Dolphins”

SITUACION DE LUGAR
Otras bandas y solistas en actividad durante el apogeo de Tim Buckley: Frank Zappa, Randy Newman, Fred Neil, Little Feat, Nick Drake, John Martyn, The Incredible String Band, David Ackles, Tim Hardin, John Cale

PRONTUARIO
Nació el : 14 de febrero de 1947 en Washington DC, USA
Murió el : 29 de junio de 1975 en Santa Mónica, California, USA

MUSICOS QUE TOCARON CON TIM
Lee Underwood : guitarra
Van Dyke Parks: teclados

ABBEY ROAD: UN GENIAL FINAL DE FIESTA


ESTE ARTÍCULO SALIÓ ORIGINALMENTE EN REVISTA "LA MANO" EN 2009, CUANDO SE CUMPLIERON 40 AÑOS DE LA SALIDA DE "ABBEY ROAD".

Fue la crónica de un final anunciado. Los Beatles, el grupo que reformateó no sólo la música pop sino toda la cultura y la visión de mundo de los jóvenes en los años ’60, emprendían su último viaje artístico. Dispuestos a irse con estilo, decidieron juntar fuerzas en su cuartel general de Abbey Road con su productor de todos los momentos felices, George Martin. Pero ¿qué nombre le pondrían al disco? Alfredo Rosso juntó las pistas y dio con la respuesta.

Lo veíamos venir. Promediaba 1969 y desde hacía meses corría el rumor de que los Beatles estaban ya en la recta final de su ilustre carrera. A los que fuimos adolescentes en los ’60, nos habían marcado a fuego no sólo a través de su música, sino con la huella persistente de sus declaraciones, actitudes y posturas ante el mundo. Los Beatles, esos inquietos cuatro jóvenes de provincia inglesa, usaron la música para alzarse por encima de una vida gris y predestinada y enarbolaron la bandera de la originalidad, el humor y el arte para devolverle al mundo un color perdido, un color humano.

Lejos de ser meros entertainers, los Beatles fueron el símbolo mismo de la ola transformadora que encarnó su generación. Esos “baby-boomers” –jóvenes nacidos de la explosión demográfica ocurrida a fines de la Segunda Guerra Mundial- reclamaban libertad para sus cuerpos, manifestaban en contra del conflicto en Vietnam y en pos de la paz mundial y exigían voz y voto para decidir sobre su educación y sus proyectos de vida futuros. En definitiva, buscaban dejar su marca en la sociedad y vivir sus vidas libres del temor reverencial a las figuras de autoridad tradicionales.

En días sin Internet ni comunicación satelital, en que las distancias parecían mucho más grandes, los Beatles unieron las ciudades y los pueblos del planeta con una música irresistible. Y como el mundo joven les mostró unánimemente el pulgar en alto, pronto adquirieron el privilegio de una inmediatez de comunicación para sus actos que por aquel entonces sólo era facultad de gobernantes, líderes religiosos o deportistas del más alto nivel. Por eso te enterabas al instante, vía United Press o Reuters, de la última declaración de John Lennon o de la salida del nuevo simple de los Beatles y mucho después –y sólo si eras un fanático empedernido- de lo que hacían, pongamos por caso, los Who, los Byrds o los propios Rolling Stones.
Por eso, cuando los Beatles aumentaron la apuesta y decidieron poner su inmensa popularidad al servicio de la evolución musical, con álbumes como Revolver y Sgt. Peppers, el mundo realmente hizo ¡plop!, y los músicos de todas las latitudes comprendieron que el rock ya era otra cosa; que era lícito meter un sitar, un mellotrón o una orquesta en un disco de rock. Y entonces el rock se puso los pantalones largos y cambió la voz y en el mundo salieron Pink Floyd y Almendra, El Kinto y Grateful Dead, Plastic People y Los Jaivas.

Para los Beatles el cielo parecía ser el límite, entre giras mágicas y misteriosas y submarinos amarillos y –por un momento que pareció eterno- en verdad, todo lo que necesitabas era amor. John, Paul, George y Ringo se volvieron tal propiedad pública, tal marco referencial, que en algún lugar del camino nos olvidamos que también eran cuatro personas. Cuatro muchachos de veintitantos años que estaban creciendo y que querían lo que queremos todos: crecer, tener una vida privada y tomar sus propias decisiones dejando atrás las exigencias del mito Beatle. Los analistas de su historia se detienen en algunos mojones determinantes: la muerte de su manager Brian Epstein en 1967 y la consiguiente sensación de falta de rumbo y de protección; el divorcio de John Lennon de su esposa Cynthia para unirse a la artista plástica japonesa Yoko Ono; la ruptura de Paul McCartney con su novia de años, Jane Asher, para casarse con la fotógrafa estadounidense Linda Eastman; la insatisfacción de George Harrison al sentir su creatividad frustrada por el prolífico eje autoral Lennon-McCartney; la sensación de inferioridad de Ringo frente a sus compañeros y su creciente interés en el mundo del cine; la crisis financiera de Apple, donde los Beatles habían invertido mucho dinero y no pocas ilusiones artísticas… Todos esos fueron factores que contribuyeron a desestabilizar a la banda pero, en definitiva, cualquier proceso -artístico, político, biológico- tiene su curva ascendente, su meseta y su curva descendente y el zeitgeist de los Beatles como grupo activo fueron, definitivamente, los años ’60 y con el final de la década llegaba, también, el epílogo de su vida colectiva. Como grandes artistas que eran, quedaban por delante varios hitos personales, como los primeros discos solistas de John Lennon, el gran debut de George Harrison con All Things Must Pass y las posteriores, maduras carreras individuales de Paul McCartney y Ringo Starr. Pero antes de cerrar su ciclo como banda, los Beatles tuvieron un último y gran instante de lucidez y se fueron a lo grande, con el álbum Abbey Road.

Abbey Road y su tiempo

El año 1969 no empezó con buenos augurios para los Beatles. Primero fue el colapso del proyecto Get Back. La idea era hacer un álbum que retomara sus raíces musicales, mezcla de covers de clásicos de los ‘50s y temas propios, grabados en vivo en el estudio. Cuando se acordó hacer un film con el proyecto, los Beatles se encontraron con que debían madrugar, en pleno invierno boreal, para luego acurrucarse en un rincón del gélido y enorme estudio de cine en Twickenham, en el suroeste de Londres, y tratar de ser musicalmente creativos a esa hora de la mañana. Con las relaciones internas deterioradas, el proyecto Get Back no tardó en empantanarse. Si bien las sesiones se trasladaron luego al flamante estudio de Apple, y se intentó darle un epílogo digno al film con un recital en la terraza de dicha compañía, a principios de febrero del ’69 el resultado de Get Back eran rollos y rollos de cintas de audio y celuloide a las que nadie quería acercarse.

Después vendría Phil Spector para corregir la mezcla original del ingeniero Glyn Johns y el proyecto mutaría en el álbum y el film Let It Be, pero eso es otra cuestión. Por el momento, lo que se sacó en limpio fue un single, con “Get back” en el lado uno y “Don’t let me down” en la cara B, que salió en abril de 1969 y, para variar, llegó al primer puesto en Inglaterra, Estados Unidos y varios otros países. Musicalmente, los Beatles todavía eran inalcanzables, aunque su barco hacía agua por todas partes. A esa altura John, George y Ringo estaban enfrentados con Paul por cuestiones empresariales. Los tres querían que el abogado estadounidense Allen Klein representase al grupo y se ocupara de desentrañar el caos administrativo y económico de Apple, mientras que McCartney deseaba ubicar en ese puesto a su flamante suegro, Lee Eastman. Lennon, Harrison y Starr triunfaron por mayoría, pero Paul nunca aceptó la decisión de adoptar a Klein.

A mediados del ’69 los cuatro andaban ocupados en proyectos propios. Lennon había fundado su grupo paralelo, la Plastic Ono Band; Harrison producía al cantante Jackie Lomax para Apple, mientras McCartney hacía lo propio con Badfinger y Mary Hopkins y Ringo actuaba en el film The Magic Christian, junto a Peter Sellers.
Cuando parecía que la banda estaba en un punto sin retorno, se produjo el milagro: Lennon había compuesto un tema autoreferencial llamado “The ballad of John and Yoko” y quería que fuera el siguiente single de los Beatles. Debido a la momentánea ausencia de George y Ringo, John y Paul dejaron atrás sus diferencias y tocaron ellos dos todos los instrumentos del tema. Tal vez alentado por esta momentánea armonía, Paul fue a visitar a George Martin para pedirle que produjese un nuevo álbum de los Beatles como en los viejos tiempos. Martin accedió con la condición de que los cuatro músicos se pusieran de acuerdo para cooperar. “De todas formas, no fue como en los viejos días”, aclaró el productor, “en el sentido de que cada uno de los Beatles trabajaba en sus propios temas, usando a los demás como sesionistas, en lugar de funcionar como un equipo.” Así y todo, el álbum fue registrado con singular rapidez y señaló el regreso de los Beatles al estudio de grabación de EMI que tan importante había sido a lo largo de su carrera. Quizás concientes de ello, el disco terminó llamándose Abbey Road, en honor a la calle del barrio de St. John’s Wood donde está emplazado el emblemático estudio.

Al principio hubo cierto conflicto acerca del enfoque que debía tener el nuevo álbum. Lennon quería hacer un simple disco de rock and roll, mientras que McCartney tenía en mente una especie de ópera pop en la que las canciones se fusionaran unas con otras creando un largo medley. Finalmente se llegó a un acuerdo: el lado uno seguiría el lineamiento de John, con canciones individuales, y la cara B complacería la iniciativa de Paul, con temas prácticamente pegados que formarían un medley de dieciséis minutos.

El grueso del material de Abbey Road se grabó entre julio y agosto de 1969 en la flamante máquina de ¡ocho canales! que los estudios de la EMI habían montado recientemente para ponerse al día con los avances tecnológicos de la época. Se editó en Inglaterra el 26 de septiembre de 1969 y se fue derecho al primer puesto. El álbum salió cinco días después en Estados Unidos y se disparó también al tope del ranking. En términos comerciales fue el álbum más exitoso de los Beatles, con diez millones de copias vendidas en su primera década en las bateas.
Los unánimes pulgares en alto de la prensa mundial para con Abbey Road no lograron torcer el destino de la banda. Pocos días después de la edición del disco, John Lennon declaró que se iba diciéndole a McCartney “quiero el divorcio…” A duras penas, el nuevo manager Allen Klein logró disuadirlo de dar la noticia, ya que podía perjudicar las delicadas negociaciones de renovación de contrato y ajuste de regalías que los Beatles estaban sosteniendo en ese momento con EMI. No obstante, la burbuja estalló en abril de 1970 cuando Paul McCartney convocó a una conferencia de prensa para anunciar que dejaba el grupo, y de paso aprovechó la ocasión para presentar su primer álbum solista. Habían pasado casi ocho años desde que el cuarteto liverpuliense llegara al Estudio Dos de la EMI para grabar su simple debut, “Love me do”. Los Beatles entraban en la historia… y en la leyenda.

Abbey Road, vereda x vereda

El lado A del disco de vinilo comenzaba con "Come together", de Lennon. Nació como una canción de campaña para su amigo, el profesor Timothy Leary, filósofo de la contracultura y apólogo del LSD, quien en 1969 quería postularse para gobernador de California y así destronar a Ronald Reagan. El slogan de Leary era “Come together, join the party” (Vengan juntos; únanse a la fiesta –o al partido-, ya que la palabra “party” en inglés es ambigua), de modo que John tomó su guitarra y escribió el estribillo del tema para luego construir las imágenes semi-surrealistas que adornan las estrofas. Otra ambigüedad es el doble significado de la palabra “come” en inglés, que también quiere decir llegar al orgasmo. La campaña de Leary quedó en la nada al ser detenido por posesión de marihuana, pero “Come together” se transformó en el tema de apertura de Abbey Road. El crítico Ian McDonald sugiere que la imagería vudú de la letra (“juju eyeball”, “mojo filter”) y el estilo musical son afines al funky-blues de New Orleans de Dr. John, algo que encaja con el pedido de Lennon a McCartney de que su piano eléctrico sonara “bien pantanoso y brumoso”. John se metió en problemas legales por reproducir una línea de “You can’t catch me”, de Chuck Berry, pero los solucionó luego grabando algunos temas controlados por la misma editorial en futuros álbumes solistas.

George Harrison y el publicista de Apple, Derek Taylor, tenían una broma que repetían a menudo. Cada vez que se les ocurría una idea para un proyecto, decían: “¡Esta puede ser la grande! Y “Something” por fin cumplió la profecía. George lo compuso a mediados de 1968 al piano, durante un recreo en la grabación del Album Blanco. El comienzo de la letra fue inspirado de manera inconciente en el título de una canción de James Taylor, quien por entonces había grabado su álbum debut para Apple. Al editarse como simple vendió sólo respetablemente, pero la romántica balada de Harrison tuvo tanta aceptación en el mundo musical que es, al día de hoy, el tema de los Beatles con más covers, después de “Yesterday”.

“Maxwell’s silver hammer” sería una truculenta historia de un asesino serial si no estuviese matizada por un ritmo de vaudeville y el típico humor McCartney. Cuenta la historia de un estudiante de medicina llamado Maxwell Edison quien -con su martillo de plata- elimina primero a su novia, luego a su maestra y, por último, al juez de su proceso. Paul estaba familiarizado con la cultura avant-garde y una parte de la letra menciona la “patafísica”, palabra asociada al surrealismo, inventada por el dramaturgo francés Alfred Jarry, pionero del teatro del absurdo y autor de la pieza “Ubu Rey”.

El tema siguiente, también de Paul, era “Oh darling” y su fuente de inspiración fue el tipo de baladas bluseras de los años ’50. McCartney quería que su voz sonara bien “reventada”, de modo que lo cantó repetidas veces durante toda una semana antes de entrar al estudio a grabarlo.

La segunda y última canción escrita por Ringo para los Beatles fue “Octopus’s garden”. De estilo levemente country, tuvo su origen en unas vacaciones que el baterista pasó con su familia en Cerdeña, en 1968. Después que Ringo rechazó la oferta de un plato de pulpo en el almuerzo, el capitán del velero en el que navegaba le empezó a contar todo lo que sabía sobre la vida de esos moluscos. Le dijo que los pulpos paseaban por el lecho marino, juntando piedras y objetos brillantes para construir jardines. El relato inspiró la letra de la canción.

El denso hard-blues “I want you (she’s so heavy)” fue compuesto por John como una canción de amor para Yoko Ono. Lennon reconocía la influencia de su flamante esposa en su nuevo estilo de composición, en especial en su intento de simplificar las palabras. Deseaba escribir una canción perfecta utilizando sólo una palabra, como había hecho Yoko con un poema que sólo contenía la palabra “Water”. John y George querían un sonido masivo de guitarras; se ubicaron en un extremo del estudio y sobregrabaron capas sobre capas hasta conseguir el efecto deseado. John toca la guitarra líder y Harrison, además, usó el sintetizador para obtener ese sonido de viento que se oye al final del tema.

Harrison escribió “Here comes the sun” una mañana de principios de primavera en que, harto de las peleas empresariales de los Beatles, decidió no ir a la oficina de Apple y visitar, en cambio, a su amigo Eric Clapton. Caminando por el jardín de la casa de Eric, bañado por el sol y aliviado de no tener que vérselas con los contadores de la compañía, a George le vino la idea de la letra y le pidió prestada una guitarra acústica a Clapton para componer la melodía de este tema fresco y optimista que comenzaba el lado dos de Abbey Road.

John Lennon estaba acostado descansando en el sofá de su casa cuando Yoko Ono tocó el primer movimiento de la sonata Claro de Luna de Beethoven en el piano de cola. Esa fue la inspiración para el tema “Because”. Las imponentes y muy elaboradas armonías vocales fueron diseñadas por George Martin, quien sobregrabó tres veces las voces de John, Paul y George.

Con su ritmo cambiante, de balada a vibrante aire de honky-tonk, “You never give me your money”, de McCartney, anunciaba el comienzo del medley que ocupó buena parte del lado dos de Abbey Road en el disco de vinilo. Paul fue el encargado de recopilar las canciones -muchas de ellas fragmentos de tema en realidad- y de buscar la manera de unirlas. El título alude a los embrollos que los Beatles tenían con sus cuentas en ese momento. Los cuatro recibían liquidaciones diciendo cuánta plata entraba salía de sus arcas pero, como decía Harrison, “eran puros papeles; nunca veíamos libras, chelines ni peniques.”

Lennon dijo que la idea de “Sun king” le vino en un sueño, pero es posible que también haya tenido una asociación inconciente con el rey Luis XIV de Francia, apodado El Rey Sol, ya que una nueva biografía suya había sido publicada en ese entonces por la escritora Nancy Mitford. Las palabras finales, en varios idiomas latinos, eran las típicas que a los turistas anglosajones les quedaban en la memoria cuando iban de vacaciones a la costa del Mediterráneo. En cuanto a la melodía etérea, Harrison dijo que fue inspirada por el entonces reciente hit de Fleetwood Mac “Albatross”, compuesto por el guitarrista Peter Green.

Como era su costumbre, John extraía parte de la inspiración para sus canciones de la televisión o de los diarios. El artículo sobre un avaro que guardaba su dinero en cualquier parte con tal de no gastarlo le sirvió de modelo para “Mean Mr. Mustard”. El tema fue escrito en la India y en la versión original el tal Mr. Mustard tenía una hermana llamada Shirley, pero John decidió rebautizarla como Pam cuando se dio cuenta que ese nombre le iba a facilitar unir esta canción con el tema siguiente.

El breve y furibundo rock “Polythene Pam” homenajeaba en parte a una temprana fan de los Beatles, Pat Hodgett, que en los días del Cavern solía seguirlos a todas partes y que tenía el hábito de comer pedacitos de polietileno. La otra parte de la inspiración surgió de otra chica, llamada Stephanie, que también gustaba del polietileno pero para envolverse con ese material en situaciones eróticas.

“She came in through the bathroom window”, de Paul, nació también de un hecho real: una fan irrumpió en la casa de McCartney trepándose a una escalera e ingresando por la ventana del baño. Una vez adentro, abrió la puerta para que entrasen sus amigas, quienes se alzaron con varios “souvenirs” de McCartney. Como Paul era amigo de las fans, logró recuperar varios de esos objetos personales. La frase “and so I quit the police department” (entonces renuncié al departamento de policía) fue inspirada por un agente de Nueva York al que le habían encomendado custodiar a Paul. Cuando McCartney vio su credencial, notó que se llamaba Eugene Quits, que traducido significa “Eugenio Renuncia”. Le pareció un nombre demasiado bueno como para dejarlo escapar y así fue que lo incorporó a esta canción, que más tarde tuvo un notable cover a cargo de Joe Cocker.

Un día, estando en la casa de su padre, Jim, Paul se puso a tocar el piano y al pasar las páginas de un libro de música que pertenecía a su hermanastra Ruth, encontró la canción de cuna tradicional “Golden slumbers”. Como Paul no leía música, decidió ponerle su propia melodía a la letra original, que pertenece al escritor y dramaturgo Thomas Dekker, un contemporáneo de Shakespeare. La canción fue publicada por primera vez en la obra The pleasant comedy of Old Fortunatus, en el año 1600.

“Carry that weight”, con su coro casi de hinchada futbolística, fue pensado originalmente como parte de “Golden slumbers” con la intención de integrar un disco simple. La letra expresaba el temor de Paul de que los Beatles tenían los días contados, por los entuertos financieros y los problemas de relación que venían arrastrándoe entre los cuatro.

“The end” tenía un nombre apropiado, ya que fue el punto final en la carrera discográfica del grupo que le puso su sello a toda una época. Contiene el único solo de batería grabado por Ringo con la banda y deriva en una breve zapada colectiva, algo también inédito en los Beatles. Por último llega la conmovedora frase final “y al final, el amor que te llevas es igual al que brindaste”, concebida por McCartney a la manera de las coplas rimadas que terminaban las obras teatrales de Shakespeare, como un epílogo de los hechos relatados.

Pero había una pequeña coda en Abbey Road: “Her Majesty”, un tema que había sido escrito por Paul en Escocia y pensado para unir “Mean Mr. Mustard” con “Polythene Pam”. Como no le gustó el enganche, McCartney pidió que lo retirasen de máster. El ingeniero John Kurlander –que tenía instrucciones de no tirar nada que grabasen los Beatles- lo sacó y lo mandó al final de la cinta para que no fuese borrado. Se ve que en algún momento alguien dejó correr la cinta hasta el final y “Her Majesty” hizo su aparición como un temprano “tema oculto”, esa costumbre que se hizo tan famosa en los años ‘90. Obviamente al grupo le gustó y quedó para cerrar el álbum.

Aquel famoso cruce peatonal

Cualquiera que haya viajado hasta el barrio de St. John’s Wood para tomarse una fotografía en el famoso cruce peatonal que está en la esquina de los estudios Abbey Road, sabrá lo difícil que resulta, ya que se trata de una calle de tráfico intenso. El día 8 de agosto de 1969, a las 10 de la mañana, cuando los cuatro Beatles realizaron la portada de Abbey Road, no fue diferente. Se necesitó de la ayuda de la policía para detener el tránsito mientras el fotógrafo Iain McMillan se trepaba a una escalera y sacaba seis fotos de los cuatro Beatles cruzando la calle en uno y otro sentido. Para la contratapa, buscaron un viejo cartel de Abbey Road donde las letras estuvieren pintadas sobre azulejos. El fotógrafo se enojó cuando una chica, despreocupada de lo que estaba ocurriendo a su alrededor, pasó por delante del alcance de la cámara y salió en una de las tomas. A los Beatles les pareció algo espontáneo y decidieron usar esa foto en la contratapa.

Paul, il morto chi parla

Algunas semanas después de la salida de Abbey Road, en Estados Unidos empezó a tomar forma el rumor de que Paul McCartney había muerto en un accidente de tránsito en 1966 y que el entonces manager de los Beatles, Brian Epstein, se las había arreglado para ocultar el incidente al mundo, reemplazándolo con un doble. A pesar del absurdo de semejante teoría conspiratoria, pronto se desató una campaña histérica para encontrar claves que confirmasen el “descubrimiento”. En la tapa de Abbey Road el que McCartney esté descalzo podía interpretarse como un símbolo de muerte supuestamente por un mito de origen griego o según una brumosa tradición de la mafia. Un periodista de Michigan que comentó el álbum dijo que el significado de la tapa era que el grupo estaba dejando el cementerio y que John estaba vestido como el ministro, Ringo como el agente fúnebre y George como el enterrador, y señaló que el paso de Paul estaba a destiempo con el de los otros tres Beatles, otra “prueba” irrefutable de su defunción. Y la patente del Volkswagen que se ve a la izquierda de la foto dice “28IF”, una indiscutible indicación de que McCartney tendría en ese momento veintiocho años si estuviese vivo. Al menos esta falacia era fácil de rebatir: al momento de la foto Paul, que nació en junio de 1942, tenía veintisiete años. Resulta curioso que, para ser tan obsesivos, a los teóricos de la campaña “Paul is dead” les fallasen las matemáticas más elementales…

Abbey Road y su competencia

Mientras los Beatles grababan y editaban Abbey Road, el rock anglosajón estaba en plena efervescencia. Estos son algunos de los álbumes que salieron en esos días.

Led Zeppelin: Led Zeppelin II
King Crimson: In the Court of the Crimson King
The Rolling Stones: Let It Bleed
The Who: Tommy
Creedence Clearwater Revival: Green River
Crosby, Stills & Nash: Crosby, Stills & Nash
Frank Zappa: Hot Rats
The Kinks: Arthur or the Decline and Fall of the British Empire
The Stooges: The Stooges
Captain Beefheart: Trout Mask Replica

Abbey Road remastered

Más allá de las mejoras generales comunes a todos los nuevos remasters de los Beatles -como el mayor “cuerpo” que adquieren los bajos y las voces- Abbey Road revela ahora elementos que antes estaban un tanto “escondidos” por las limitaciones de los sistemas previos de masterización. Por ejemplo, el tema “I want you (she’s so heavy)” permite apreciar con mucho mayor detalle el juego de las guitarras de John y George. En “Maxwell’s silver hammer” hay una mayor definición de la batería, especialmente platos y charleston. Resaltan también en su verdadera magnitud los diferentes planos instrumentales de “Octopus’s garden”, al igual que los coros y el canto-respuesta con los que John, Paul y George complementan la primera voz de Ringo. Otro detalle para degustar es la cristalina claridad de la guitarra acústica y el sintetizador Moog, que forman el núcleo instrumental de “Here comes the sun”. En “You never give me your money” las capas de voz multitrackeada de Paul y los coros de John tienen una nueva fuerza, así como también se distinguen mejor las diferentes guitarras. Más revelaciones: la claridad del bajo y de los “grillitos” en la entrada de “Sun king” y la fuerza del piano y la orquesta al principio de “Golden slumbers”. En suma, Abbey Road es otro motivo para mostrarle el pulgar en alto a las nuevas ediciones de los Beatles.

Alfredo Rosso
Un agradecimiento especial al Dr. Daniel Lewi y a Mario Sammartino

lunes, 6 de febrero de 2012

Nick Drake: El encantador señor de la voz baja

ESTA NOTA SE PUBLICÓ ORIGINALMENTE EN REVISTA "LA MANO" HACIA FINES DE 2010.



Los únicos tres álbums que este músico inglés grabó en su corta carrera se acaban de editar en la Argentina, cuarenta años después de su edición original. Alfredo Rosso siguió la pista de uno de los más grandes cantautores que dio el folk británico.

El escritor irlandés James Joyce llamaba epifanías a esas repentinas revelaciones que nos acontecen en la vida cotidiana y que la mayoría de las veces son gatilladas por acontecimientos baladíes, pero que adquieren un significado especial para nuestras vidas. Un día de algún septiembre, compartía con Pipo Lernoud un taller sobre los orígenes del rock nacional y Pipo comentaba la letra de Oye niño, de Miguel Abuelo, la parte que dice “cuando mi nombre ya no exista, verás qué velocidad”. Junto con el nombre, nos dan una tradición y un mapa de comportamientos para vivir en sociedad. Pero llega un día en que –felizmente- nos asumimos como individuos y comprendemos que, aunque sigamos firmando con ese nombre y mostrándole al mundo el DNI, somos otra cosa que ese nombre: somos únicos, irrepetibles, totales. Y entonces… ¿quién nos para? ¡Qué velocidad! Eso mismo decía Javier Martínez en Porque hoy nací, de Manal: “Hoy adivino que me pasa / por qué mi nombre no soy yo / por qué no tengo una casa / por qué estoy solo y no soy… / porque hoy nací / hoy… recién hoy / el sol me quemó / y el viento de los vivos me despertó…”

El viento de los vivos despertó a Nick Drake un buen día en que se dio cuenta todo el camino que podía recorrer con su guitarra y sus cuerdas vocales. Cayó el barniz de una primera infancia en Birmania, como hijo de un industrial encumbrado en la alta sociedad inglesa. Cayó la marca del colegio Marlborough, diseñado para acuñar súbditos que siguieran el status quo y no hicieran olas, de modo tal que la estratificada sociedad británica de los años cincuenta siguiera teniendo líderes capaces, seguros e impermeables a los cambios que traía la segunda mitad del siglo XX. Este Nick, alto y esbelto, capaz en deportes que exigían rapidez, como el rugby o las carreras, empezó a escuchar el sonido de otra voz, una voz interior que lo acercaba inexorablemente a la música. Y también a los fantasmas y las dudas.

Cuando su padre Rodney Drake llevó a la familia de regreso a Inglaterra, siguiendo el derrumbe de la estructura colonial del imperio que sobrevino en la posguerra, Nick tenía apenas tres años. Seguramente debió apreciar la calma pastoril de Tanworth-in-Arden, ese suburbio de la industriosa Birmingham donde la familia Drake se aposentó en 1951. Y damos por descontado que su hermana Gabrielle, cuatro años mayor, dice la verdad cuando sostiene que el niño Drake era gentil y amable y fácil de entretener. Pero la infancia pasó, la secundaria también quedó atrás, y el chico gentil y calmo que despertaba el respeto y la amistad de sus coetáneos casi sin proponérselo, comenzó a desarrollar un costado melancólico e impredecible, junto con una increíble habilidad para componer ese tipo de canciones que quedan marcadas a fuego en uno.

Nick baja a Londres, guitarra en ristre, a ver qué pasa. Tiene suerte, en principio, porque eran días en que pasaba de todo. Los Beatles despedían los sesentas con el tremendo Abbey Road, pero la música hervía en cada esquina. El productor norteamericano Joe Boyd venía de desenvolver las maravillas místicas de Incredible String Band haciendo de partero de álbumes como 5000 spirits or the layers of the onion y The hangman’s beautiful daughter. Su llave abrió una puerta de enormes posibilidades para la fusión entre el folk y el rock, y el siguiente paso fue crear la productora Witchseason, que soltó sobre el mundo la música de Fairport Convention, John Martyn, Sandy Denny, Richard Thompson, Fotheringay y Dr. Strangely Strange. Pero Boyd siempre tuvo un espacio libre para la originalidad y un buen día se le apareció un cantautor tímido, que cantaba con una voz cálida y única y se acompañaba con una guitarra de afinaciones insólitas. De buenas a primeras, Nick Drake tuvo un contrato y antes que las arenas se asentaran, el sello Island ponía en el mercado el álbum Five leaves left.

Un marco verde, una ventana de fondo y otra lateral por la que el artista deja perder su mirada. Así era la portada del primer disco de Nick Drake. Mil frases invisibles se pierden en el aire de esa foto, junto con las palabras de Time has told me:
“El tiempo me ha dicho que eres un hallazgo muy especial / una cura problemática / para una mente problemática / y el tiempo me ha dicho que no debo pedir más / algún día nuestro océano encontrará su playa / Así que voy a abandonar los hábitos que me hacen ser lo que no quiero ser / y dejar atrás las costumbres que me hacen amar/ lo que en verdad no quiero amar…” El disco transcurre como esos perezosos días de verano en que uno quiere ayudar a las agujas del reloj a correr. Atrás, un acompañamiento gentil, empático: Richard Thompson, guitarra eléctrica; Danny Thompson, contrabajo. Amigos de Nick, amigos de Boyd. Todo en familia. Five leaves left, disco de breves certezas, de gentiles preguntas sobre la vida, el amor, ¿la trascendencia?

Nick en Londres. Casas en barrios populosos y dudas. El muchacho campestre parece querer y odiar la gran ciudad. Todo al mismo tiempo. También quiere y odia al mundillo que rodea a la música. Quiere ser popular, pero tiene una inveterada timidez que le impide sentirse cómodo ante una audiencia. Famélico de giras que lo apoyen, Five leaves left pasará inadvertido en su momento, excepto para un puñado de iniciados. Llegaría el día en que músicos, público, prensa y productores se rascasen la cabeza pensando: “¿cómo semejante disco no la pegó en grande, en los albores de la era del cantautor?” Se venía el estilo confesional de James Taylor, la prosa urticante de Randy Newman, las canciones asertivas de Joni Mitchell. ¿Cómo es que la piedra nacarada que tiró Drake no llegó más lejos, cómo es que no bailó con fintas elegantes en el agua, en lugar de irse al fondo de súbito?

Pero Island y Boyd le tenían fe. Sabían que allí había un talento en bruto que tenía que explotar. Entonces subieron la apuesta para la grabación de Bryter Layter. Cuerdas, electricidad, baterías. Un entra y sale de músicos soberbios: John Cale, Richard Thompson. Dave Mattacks. Cuerdas, batería, bronces. Si alguien temió que el aparentemente frágil y reservado Nick se encogiera ante semejante marco, debió llevare flor de sorpresa, porque Drake estaba como pez en el agua con los arreglos más osados y expansivos de Bryter Layter. Nick nunca es tedioso. Insinúa, comenta, pondera. Se maravilla junto al oyente de los pequeños descubrimientos cotidianos que ofrece la vida. Algunos nos traen brillo. Algunos nos desesperan al contemplar nuestra impotencia por alterar nuestros destinos. Pero todo pasa mientras el sol cambia de Este a Oeste y así transcurre Bryter Layter, haciéndole honor al título: todos somos más inteligentes después. Es un estigma de la vida: primero la quemazón, luego el linimento. Más tarde la sabiduría.

El rock entró en los setentas con la topadora de Led Zeppelin y el hard-rock progresivo de Purple, Sabbath y Cía. Al lado, los sinfónicos tejían complicados enlaces entre rock y música clásica entre bruma de hielo seco y proyecciones interestelares. Los hermanos menores de esos públicos bufaban y añoraban los riffs recurrentes y la brillantina fiestera que derivó en el glam-rock. Y a todo esto Nick Drake pasaba como una sombra por delante de aquellos que tiempo atrás esperaban todo de él y ahora ni lo veían.
Nick había entrado en su propia espiral de caracol. Diagnósticos de depresión y fuga de la realidad inmediata. Períodos de ausencia del ojo público. Nadie quiere estar cerca de un depresivo y los amigos, claro, menguaron. Lo peor, pocos se acordaron de que existía. Pero Nick, un día, pasó por las oficinas de Island sin que nadie lo reconociera, dejó un paquete en la Recepción y se fue. Contenía las cintas de su tercer y último disco, Pink moon.

“Lo vi escrito y lo escuché decir / la luna rosada está en camino / y ninguno de ustedes da la talla / la luna rosada los va a atrapar.” Lo dice Nick, y lo rubrica con piano y guitarra. Y está bien. Esa luna que no sabemos si nos traerá lluvia o mareas problemáticas, está allí en el cielo, de testigo, viéndolo todo. Y no podemos escaparnos. Nick suena serio. Tan confiado en su música como errante fuera de ella. Pero en los dominios de Pink moon junta fuerzas para decirnos: “Cuando era joven / más joven que antes / nunca vi la verdad colgando de la puerta / y ahora que soy mayor la veo cara a cara / y ahora que soy mayor debo levantarme y limpiar este lugar.”
El tercer álbum pasa como un desafío. Algunos dirán “como una despedida”, pero no estoy de acuerdo. En su preciosa austeridad, habla a los gritos de un artista que está confrontando sus demonios y martirios, y añora un soplo de aire fresco liberador. Sabe que es hora de tomar decisiones.

Nick Drake parecía al borde de un descubrimiento trascendental. Para su música, su camino, su vida. Pero estaba destinado a no ocurrir. Alejado de Londres, los testimonios de sus últimos días en 1974 lo ubican alejado del medio musical londinense, de vuelta en la casa paterna de Tanworth, hasta que llegó ese terrible día de noviembre en que se supo que había muerto de una sobredosis –aparentemente accidental- del antidepresivo que tomaba por prescripción médica.

Después vino la canonización postrera de los héroes de culto. Aquí, allá y en todas partes, las audiencias de rock descubrieron la paradoja de Nick Drake. Digo paradoja porque Nick es gigante en su música, pero no lo aparenta. El envase es modesto, el alcance de su poesía y el eco de su música, enormes.

domingo, 5 de febrero de 2012

¿Qué Hiciste Tú En La Guerra, Papá Rock?

Esta nota se armó originalmente para el blog "Con-secuencias" de la revista Ñ digital, y partes de la misma se utilizaron para un programa musial en La Casa del Rock Naciente. El rock tiene una larga tradición anti-bélica que hoy me parece más necesaria que nunca para crear conciencia acerca de las matanzas de diversa índole que aún continúan en todo el planeta. Espero que disfruten el artìculo.


La carnicería desatada por las grandes potencias en Irak a partir de la invasión de 2003 volvió a poner en tela de juicio el rol testimonial del rock y, en general, de todas las ramas del arte en el tercer milenio. Desde que la distribución de la información está a cargo de unos pocos canales monopólicos, hasta la guerra se ha trivializado. En los flashes informativos sólo vemos tanques desfilando por calles lejanas o juegos de luces en la noche. Pero esta trivialización o censura –lisa y llana- de información potencialmente comprometedora para los gobiernos de turno no es algo nuevo sino que existió en todas las épocas de la historia. Y muchas veces le cupo a los artistas el preservar en la conciencia colectiva la memoria de acontecimientos vergonzantes para la humanidad.


Piensen tan solo en obras como el “Guernica”, de Picasso, donde quedó reflejado el horror de la destrucción de esa ciudad como práctica de entrenamiento de la Lüftwaffe hitleriana aliada de Franco en la guerra civil española. O “Los fusilamientos del 3 de mayo de 1808”, ese tremendo cuadro de Francisco de Goya que pinta la masacre de grupos de españoles desarmados, masacrados por los solados napoleónicos”. Esta imagen muchos de ustedes la tienen en su casa, sutilmente modificada por Rocambole en la portada de “Bang Bang estás liquidado, de los Redonditos de Ricota.
En el campo del rock hay también una amplia gama de testimonios que delatan atrocidades diversas ocurridas en la historia reciente. La opinión de la prensa y de los propios músicos siempre ha estado dividida sobre esta cuestión. Hay quienes apoyan el rol testimonial de la música popular y hay quienes sostienen que ese papel cuasi-periodístico puede distraerlo de consideraciones estéticas y artísticas.

Más allá de las polémicas, el rock testimonial existe desde siempre, pero tomó una fuerza especial en los años 60 y 70, época en que se dio un protagonismo inédito en la historia de las generaciones jóvenes en el moldeado de la historia mundial. En el despuntar mismo de los 60, cuando se produce el boom del nuevo folk en los clubes del Greenwich Village neoyorquino, un muy joven Bob Dylan enarbolaba una prosa quemante para referirse a los Masters of war con estrofas que no tenían nada de contemporizadoras: “Vengan Señores de la Guerra / ustedes que fabrican armas / ustedes que fabrican bombarderos / ustedes que fabrican grandes bombas / ustedes que se esconden detrás de las paredes / y detrás de los escritorios / quiero que sepan que puedo ver a través de sus máscaras... Ustedes han traído el peor temor que pueda imaginarse / el miedo de traer niños a este mundo...” Un tema impactante que sigue en el repertorio del gran Bob, como habrán comprobado quienes acudieron a sus recientes recitales en Argentina.

En sus momentos más existencialistas, Bob buceaba un poco más en la cuestión de las guerras para abordar la condición humana, lisa y llanamente, en uno de sus primeros éxitos masivos, “Blowin’ in the wind”: ¿Cuántos caminos debe recorrer un hombre / antes de que se lo llame hombre?... ¿Cuántas veces más deberán volar las balas de cañón / hasta que sean prohibidas para siempre? La respuesta, amigo mío, está soplando en el viento. El estribillo produce una deliciosa ambigüedad, que hace todavía más relevante a la canción. ¿Es el viento el que trae esa respuesta? ¿O buscar esa respuesta es tan inútil como soplar en el viento?

En una notable demostración de periodismo rockero, el tema “Ohio”, escrito por Neil Young y grabado en un disco single por Crosby, Stills, Nash & Young, estuvo listo a pocas horas de la brutal represión oficial que dejó un puñado de muertos en el campus de la universidad de Kent State, el 4 de mayo de 1970, durante una manifestación en contra de la guerra en Vietnam. La letra decía: “Vienen unos soldaditos de lata junto con Nixon / finalmente nos dejaron solos / este verano se escucha el redoble del tambor / cuatro muertos en Ohio”

Claro que eran días muy especiales, en que los grupos de rock, sobre todo los de la Costa Oeste de Estados Unidos estaban involucrados en las gestas juveniles: las luchas por los derechos civiles de las minorías, por una mayor injerencia de los estudiantes universitarios en cuanto al curso de su educación y –por supuesto- intentando detener la guerra de Vietnam, que ya se había llevado la vida de cientos de jóvenes estadounidenses y de una cantidad incalculable de vietnamitas. El cantante Country Joe McDonald, de Country Joe & the Fish, aprovechó la presencia de casi medio millón de jóvenes en el festival de Woodstock 1969 para cantar su “I-feel-like-I’m fixing-to-die rag” que entre otras cosas les hablaba a los padres de potenciales combatientes con la feroz ráfaga de la ironía:
“Vengan ya todos, muchachos lozanos / El tío Sam necesita una mano /Se ha metido en un berenjenal / Allá en un lugar llamado Vietnam / así que dejen los libros y agarren el fusil / que mucho nos vamos a divertir / contamos uno, dos, tres / ¿Por qué peleamos esta vez?/ No me preguntes, qué me puede importar /La próxima parada es Vietnam /
Contamos cinco, seis, siete / Para ir al Cielo este es nuestro billete/ No hay tiempo para saber la razón / Hurra! Todos vamos derechito al cajón / Vamos, madres del país, esta es la hora / sus hijos a Vietnam envíen sin demora / Vamos padres, no se acobarden / mándenlos antes que sea tarde / y de esta cuadra que sea primera su casa / en recibir a su hijo de vuelta en una caja...” Por su parte Miguel Cantilo y Jorge Durietz grabaron como Pedro y Pablo “En este mismo instante”, que hablaba de los “Pilatos de escritorio” que envían “Cristos al combate” y me recordó un póster pacifista de los años ’70 que tenía la figura de un bebé y una leyenda escrita en su pecho desnudo: “Afortunados los que declaran las guerras. Generalmente son demasiado viejos para ir a pelear y morir.”

No es casual que hayan surgido tantas canciones antibélicas en la década del 60. Con Dylan y con los Beatles, el rock había alcanzado una conciencia mucho más amplia de sus posibilidades y su potencial como agente de cambio. Los analistas políticos de corte reaccionario, que se regodean cínicamente por el supuesto fracaso de las utopías sesentistas y –de paso- incluyen a los rockeros de entonces en la bolsa de los “ilusos idealistas” olvidan la gran cantidad de cambios que los jóvenes desataron en la sociedad de entonces y que el rock contribuyó a solidificar. Desde una actitud mucho más franca hacia el sexo hasta la participación de los alumnos en el diseño de los programas de estudio universitarios, una nueva forma de vestirse y de relacionarse con la autoridad y la formulación de nuevos modelos de vida comunitaria frente a la sociedad de consumo, buscando alternativas frente a la vida sedentaria y a la alienación de las grandes ciudades.

Esta nueva conciencia juvenil no se tragaba el sapo de una guerra supuestamente orientada a detener la expansión comunista en Asia. Ya se hablaba abiertamente de los grandes intereses industriales que yacían detrás de la venta y suministro de material bélico al ejército y las potenciales ganancias multimillonarias que amasarían las empresas multinacionales tras la sobreentendida victoria en el sudeste asiático, colaborando en la “reconstrucción” de Vietnam. Entretanto los soldados seguían cayendo como moscas y el rock alentaba la deserción patriótica en canciones como “Draft resister”, de Steppenwolf
“Pensamos en los que sufren por la honestidad / de negarse a seguir a los traidores de la humanidad / salud a todos los que resisten a la conscripción y luchan por la cordura / no olviden a estos disidentes y a su causa silenciosa y solitaria / cuando los lleven a prisión / irán por vos y por mí.

Crosby, Stills, Nash & Young tenía en David Crosby a uno de los más lúcidos analistas de su tiempo y del rol y la responsabilidad que le cabían a un joven al que no le daba lo mismo todo, un joven que quería tener injerencia sobre la realidad que lo circundaba. En el primer disco de la banda, cuando todavía no se había integrado Neil Young, había una canción llamada “Long time gone” que hablaba de ese momento de oscuridad y de duda, cuando uno siente que todas las fuerzas negras de la reacción, de la censura, de la muerte, caen encima de uno. Pero también un tiempo para juntar fuerzas, para juntar las voluntades que piensan como nosotros, que hay que superar esa oscuridad.
La letra del tema decía: “Doblá cualquier esquina y enterate / escuchá lo que dice la gente/ porque algo está pasando acá / que no resiste la luz del día / pero parece que pasará un largo tiempo todavía, hasta que llegue el alba / Tenés que hablar / tenés que levantar tu voz contra la locura / tenés que decir lo que pensás / si te atrevés / pero no, no trates de que te elijan para un cargo / y si lo hacés, mejor cortate el pelo / porque falta un largo tiempo antes del alba / Sí, tarde mucho en llegar y ha pasado ya mucho tiempo / pero, sabés una cosa? / La hora más oscura / siempre es la que llega justo antes del amanecer…”

El tema de la responsabilidad individual en el marco de los grandes acontecimientos sociales y políticos es espinoso. Es cierto que en democracia, y en teoría, la gente sólo gobierna a través de sus representantes, elegidos en elecciones libres. Pero si los gobernantes que supuestamente manejan la cosa pública en nuestro nombre, se alejan del mandato que se les dio y nos meten en la locura de una guerra, ¿no habrá llegado el momento de decirles basta ya?
La responsabilidad del hombre común, ante la tragedia de la guerra, era subrayada en el tema “Universal soldier”, una canción de Buffy Saint-Marie que se hizo famosa en boca del cantautor escocés Donovan, hablaba del soldado ya no de un país o un continente, sino del soldado universal… “El es el que brinda su cuerpo como arma de guerra / sin él toda esta matanza no podría continuar / él es el soldado universal y tiene mucha culpa e todo esto / sus órdenes ya no vienen de lejos / vienen de él, de vos, de mí / y hermanos ¿no se dan cuenta que así no se termina con la guerra?”

Una idea parecida expresaba un tema escrito en los albores del rock nacional y que estuvo oculto en los archivos del sello CBS durante 30 años. “Soldado”, escrito por Moris e interpretado por los Beatniks en 1966. “Será la última guerra y vendrá la paz / es un engaño absurdo para matar / soldado ya regresa / ven y no luches más / ¿No ves que en dos mil años no ha habido paz?...”
Canciones como “Universal soldier” -o como “Soldado”, de nuestros propios Beatniks- son interesantes porque cambian el enfoque del problema y nos fuerzan a mirar de otra forma a ese “monstruo grande que pisa fuerte toda la pobre inocencia de la gente”, como lo describe León Gieco en “Solo le pido a Dios”. Nos hacen preguntarnos hasta qué punto la gente común es realmente inocente de las atrocidades que comete el gobierno en su nombre. Hoy día vemos que la enorme mayoría de los ingleses, españoles e italianos estaban en contra de la participación de esos tres países en la carnicería bélica que Bush desató en Irak. Lo cual no impidió que Blair, Aznar y Berlusconi persistieran neciamente en la postura de mantener tropas en dicho país. En España recién la presión combinada del nuevo gobierno de Zapatero y la reacción popular ante el sangriento atentado terrorista ocurrido en Madrid el 11 de marzo de 2004 lograron torcer los designios de Aznar y sus aliados políticos. Aunque parezca una verdad de Perogrullo, resulta obvio que los intereses creados, las obligaciones que esos líderes políticos les deben a los grupos de poder y a las corporaciones que los ayudaron a subir al podio gubernamental de sus respectivos países pesan mucho más que la voluntad popular y el interés nacional. Por otra parte, esa voluntad popular ¿hasta qué punto no ha sido llevada a la total indiferencia por una cultura de masas basada en la más absoluta banalidad?

Uno podría preguntarse, como le hacía decir Mick Jagger a su Hombre que Pelea en las Calles, ¿qué puede hacer un pobre muchacho, excepto cantar en una banda de rock? Bueno, para empezar puede ayudar con su obra a que se instale el debate sobre la guerra en la sociedad. Podría decirse que Roger Waters, ex líder de Pink Floyd, tiene inmejorables motivos personales para odiar la guerra, ya que a su padre se lo llevó una ráfaga de balas alemanas en la sangrienta batalla de Anzio, en 1944. La prédica antibélica de Waters fue el leit-motiv del álbum The Final Cut y un tópico central de otros clásicos de Pink Floyd, como The Wall y The Dark Side of the Moon.

Puede parecer un acto de gran inocencia el imaginar que –en pleno siglo XXI- los músicos de rock tengan un rol decisivo en hacer que la gente cobre conciencia sobre los abusos y la desinformación que generan los centros de poder. Pero no debemos olvidar cuántas gestas aparentemente imposibles encendieron la mecha del cambio a partir de la acción de unos pocos visionarios. En el terreno de la resistencia pacífica no está tan lejana la campaña del Mahatma Ghandi por la independencia de la India; o la saga del reverendo Martin Luther King por los derechos civiles de los negros estadounidenses.

El tener una imagen muy popular, el ser un artista de cuya palabra están pendientes millones de fans en todo el mundo es ejercer un poder de comunicación nada despreciable. Pero en los tiempos que corren parecemos más empeñados en ser políticamente correctos que en jugarnos la carrera y la posición y la tranquilidad hogareña en pos de nuestros principios, si es que aún nos quedan principios.
Cuando la guerra en Irak recién comenzaba y la propaganda triunfalista de los republicanos lo dominaba todo, en los medios, en la cultura, en la educación, se desató una caza de brujas digna de los mejores momentos del Macarthismo. La realeza rockera, en su gran mayoría, se volvió conspicua por su silencio. Había demasiadas cosas en juego: carrera, amigos, seguridad individual y sin embargo no todos sus representantes optaron por la política del avestruz. El country-rocker Steve Earle se bancó ser tachado de antiamericano por su pública prédica antibélica y las chicas de las Dixie Chicks enfrentaron un boicot mediático por atreverse a decir que no les gustaba su presidente y a Linda Ronstadt la echaron de un club de Las Vegas por atreverse a exponer su oposición a la guerra.

Patti Smith fue un poco más lejos. En el tema “Radio Baghdad” de su excelente álbum Trampin’ la poeta y músico pionera de la movida punk neoyorquina adoptaba el punto de vista de un anónimo ciudadano iraquí para referirse a la brutal invasión de las potencias occidentales: “...Todas las ramas del conocimiento / acunando la civilización... / oh, Baghdad / nosotros creamos el cero, el número perfecto / y somos nada para ustedes ...tan solo vuestra pesadilla árabe.../ Nuestros niños corrían por las calles / y ustedes mandaron sus llamas / sus estrellas explosivas... / como un loco programa de televisión... Sacaron la sangre de la tierra / pequeñas gotas de petróleo, como pulseras / Nosotros derramamos lágrimas, rubíes. Se las ofrecemos... / Aniquilaron a un pueblo...pero somos más viejos que ustedes...”

Los reflejos del rock tardaron en desentumecerse pero cómo será la brecha, el tajo que abrió la doctrina Bush en la sociedad norteamericana, que en los meses previos a la última elección de presidente, se conoció una auténtica cruzada rockera: la gira “Vote for Change” (Voto para el cambio) de la que formaron parte Bruce Springsteen, R.E.M., Pearl Jam, Jackson Browne y Bonnie Raitt, entre otros, y que atravesó Estados Unidos a lo largo y ancho en un intento de crear conciencia para evitar la reelección del actual presidente. Como sabemos el intento no dio resultados inmediatos, pero tal vez no haya sido un esfuerzo inútil. Será necesario ver, con la perspectiva de la historia futura, si la semilla de la concientización que intentaron estos rockers llega a germinar. Después de todo, no siempre las cosas que se dicen se entienden en toda su magnitud en el momento en que se las está diciendo. Y si no, recuerden los años de plomo de la Argentina y un poeta y rockero que trataba de encontrar en los eufemismos y las metáforas, las palabras certeras que reflejaran la tragedia que estaba sucediendo en el medio de una sociedad que se decía derecha y humana. “No cuentes qué hay detrás de aquel espejo / no tendrás poder / ni abogados / ni testigos / enciendan los candiles que los brujos piensan en volver / a nublarnos el camino / estamos en la tierra de nadie / pero es mía / sobre el pasado y sobre el futuro, ruina sobre ruina…” (Charly García, “Canción de Alicia en el país”, grabada por Serú Girán en el álbum Bicicleta).

Pero sería inocente creer que las canciones que se oponen a las guerras y a las matanzas son producto exclusivo del folk o del rock de los 60’s. Los devotos del tango recordarán que en “Silencio”, grabada en los años ’30, Carlos Gardel hablaba sin ir más lejos de una anciana francesa que tenía cinco hijos, que fueron a la Primera Guerra Mundial y, como dice la letra de Alfredo Le Pera, “la viejecita de canas muy blancas / se quedó muy sola con cinco medallas / que por cinco héroes la premió la patria.”



Y aunque la letra del tema sea muy triste, hay que reconocerlo, ¡el Mudo cada día carta mejor!

jueves, 24 de febrero de 2011

¡TENEMOS PROGRAMA DE RADIO DIARIO EN NACIONAL ROCK!

¡Buenas noticias! Desde el lunes 21 de febrero de 2011 estamos con mi querido amigo y colega Rafael Hernández haciendo un programa DIARIO en Nacional Rock, 93.7 FM. También se nos suma otro amigo super talentoso llamado Patricio Nayar, alias "Pato", versado en medicina, deportes, jazz y mucho más. El programa, que tiene el nombre tentativo de "Rafa-Rosso", aunque también se lo conoce como "Rosca Izquierda", sale de LUNES a VIERNES, de 16 a 18 hs. y, además de pasar música de rock, pop, jazz, blues, electrónica, étnica, etc, etc., hablamos un poco de todo: de cine, teatro, deportes, ecología, vida diaria, en fin, la idea es hacer una especie de guiso radial rico y con mucha onda. También lo pueden escuchar online metiéndose en www.radionacional.com.ar, y una vez allí clickeando en la pestaña que dice "Nacional Rock 93.7" Espero que lo disfruten y nos cuenten qué les parece. Pueden comunicarse con nosotros a: roscaizquierdafm@gmail.com
A todo esto, yo sigo los domingos con La Casa del Rock Naciente, en Rock & Pop 95.9 FM, de 18 a 20 hs. y con mis columnas los días lunes y jueves en el programa de Gillespi "Falso Impostor", también en la Rock & Pop. Abrazo fraternal. Alfredo.

martes, 4 de enero de 2011

DE REGRESO A LA GRANJA

En 2010 se cumplieron 40 años desde el primer festival de Glastonbury y tuve la fortuna de poder estar allí para sumarme a la celebración. Esta nota apareció originalmente en revista La Mano y la reproduzco aquí en su primera versión.

GLASTONBURY CANTÓ LAS CUARENTA

A Alfredo Rosso le soltaron la piolita y salió corriendo a Europa a perderse entre los escenarios de los dos festivales europeos más importantes del planeta: Glastonbury y Roskilde. Lo que sigue es un extracto de su famosa libretita viajera.

Somos peregrinos. Vi la señal en muchos rostros, en el resplandor de sus ojos. Este peregrinaje tiene que ver, claro está, con el amor a la música. Dudo que ciento treinta mil personas se concentraran por voluntad propia en una granja, en pleno corazón de Inglaterra, si no les apasionara la música. Pero Glastonbury va más allá de la música, y ese es el secreto del festival de rock más importante del mundo.
Después de viajar diecisiete horas, llegué a un Londres caluroso y amable, pero sólo tuve tiempo para un rápido reconocimiento ya que, al día siguiente, un veloz Intercity me llevaba de la estación de Paddington hacia el oeste, hasta la bella Bath, ciudad de verdores, puentecitos sobre ríos parsimoniosos y esos baños termales romanos a los que la ciudad debe su nombre. Mi destino, sin embargo, estaba todavía a una hora y pico de bus. Era Croscombe, un suburbio campestre del pueblo de Wells, que ostenta una de las más hermosas catedrales que haya visto en mis visitas al Reino, toda vitreaux y columnas y reloj con carillón. Paul y Jan, mis anfitriones, me ofrecieron, cual bálsamo, la posibilidad de un cuarto espacioso, una cama blanda y una ducha caliente después de horas y horas de patear los caminos del rock and roll. El arreglo incluía el traslado hacia y desde el festival –a tres kilómetros de allí- lo cual ya solucionaba uno de los principales escollos que plantea Glastonbury a quienes no hacen base en el predio.
Este no era un Glastonbury común: en 2010 se cumplieron cuarenta años desde aquel día profético en que el joven granjero Michael Eavis decidió quemar las naves y organizar un festival de rock, en condiciones técnicas muy precarias. El festival del ’70 nació de la fe y la buena voluntad, y así y todo consiguió que viniesen David Bowie, T. Rex, y varias otras luminarias. Desde entonces, Glastonbury fue ganando en dimensión y prestigio, hasta transformarse en el festival de rock más importante del planeta...

El jueves 24 fue “la previa”. Flotaba una sensación de expectativa por todo lo que estaba por venir, tamizada por una buena cantidad de shows en los escenarios secundarios. En el Queen’s Head –nuevo trampolín para los artistas que se vienen- vi a Micachu & the Shapes. Micachu es Mica Levi, una cantante, compositora y guitarrista de estudios clásicos y un interés especial por la electrónica experimental, como demuestra su set, con retazos del excelente álbum Jewellery que le editó Rough Trade. Un tecladista y un batero siguen las peculiares ondulaciones de su música aportando comentarios y disparando estímulos aquí y allá. Luego subió The Cheek, con sus pop-rock repleto de riffs y estribillos pegadizos. Son muy jóvenes: apenas tienen un par de singles y su pose escénica delata un afán de comerse el mundo.
El viernes 25 Glastonbury explotó. Para iniciar las acciones en la Pyramid Stage, los programadores buscaron un artista con sustancia y que movilizara al público. Eso fue justamente el nigeriano Femi Kuti. Hijo de una leyenda de la música africana -Fela Anikulapo Kuti- Femi hace una música sofisticada y altamente rítmica y, como su padre, le suma un fuerte compromiso social y político. Mientras tanto, en la Other Stage se presentaba The Stranglers, un bastión del primer punk inglés, En realidad, los Stranglers nunca fueron punk propiamente dicho; más bien encarnaron un rock denso, de dientes apretados y letras directas, que más de una vez fueron consideradas políticamente incorrectas por los puristas punkeros. A ellos poco les importó: siguieron su propia órbita desde su álbum debut, Rattus Norvegicus: IV y nunca bajaron los brazos. Tres décadas más tarde se los ve potentes y seguros, y el “No more heroes” con el que coronaron su show fue coreado por todo el público, en justo reconocimiento. Mucho calor y mismo escenario recibieron a The Courteeners. La tímida banda que vi en T In the Park estrenar el álbum debut, St. Jude hace un par de años se ha vuelto un grupo aplomado y de buen rapport con la gente. Esto se trasluce también en su nuevo disco, Falcon, uno de los “tapados” del 2010.
En Glastonbury 2010, los escenarios más cool fueron la John Peel Stage y The Park. En el primero vi el debut de Kele Okelele. El ex cantante de Bloc Party dudaba de la recepción que le ofrendarían los devotos de su ex banda, pero no tenía motivos para preocuparse: su mezcla de soul, pop y rhythm and blues cayó muy bien entre la audiencia vespertina. Kele canta con ganas y los temas de su debut solista, The Boxer, suenan bien formados. Subiendo hasta los confines del predio Glastonburiano, llegué a The Park, en la zona más bella del festival. Está en una colina, con mucho campo abierto a su alrededor. Allí vi a The Big Pink, que tienen algo del trance psicodélico de Spacemen 3 y van de los acordes más sutiles y suaves a furiosos crescendos instrumentales. Me gustaron tanto que no paré hasta conseguir su álbum A Brief History of Love.
Hubo dos chicas que me gustaron, pero hasta ahí. La Roux tiene voz y personalidad, pero no terminé de meterme en su aura. Florence & the Machine fue una revelación en T In the Park 2009, y desde entonces su disco Lungs no paró de sumar acólitos. Subió como ganadora a The Other Stage, con arpa, cuerdas, teclados y un vestido blanco que se volaba con el viento y la hacía parecer una novia abandonada en el altar. Yo estaba lejos, pero me pareció que su actuación sufrió por un desbalance del sonido y un exceso de dramatismo. El público la amó… Y como para confirmar que las fronteras entre el rock, el pop y el dance son cada vez más borrosas, los manchesterianos Delphic actuaron en la West Dance, una de las carpas que ofrecen marcha las 24 horas del día. Su tecno-rock introspectivo me sonó un poco gélido a pesar (o quizás gracias a) el entorno de luces blanquecinas y hielo seco, una imagen que felizmente pude sacudirme siete días más tarde cuando pasaron el trapo en Dinamarca. Caía la tarde del viernes y siempre uno tiene algo con lo que quiere agasajarse. Para mí fue un tortuoso emigrar a la carpa Acoustic que, sin embargo, valió la pena porque allí el exAnimal, Alan Price, comandó a una banda eficiente y precisa a través e una serie de estándares de rhythm and blues, que llegó al clímax en un medley de “Girl from the north country” y “We gotta get out of this place”, todo con el bonus extra de una leyenda como Zoot Money en los teclados.
En la Pyramid Stage, Damon Albarn engalanaba la performance de Gorillaz con un ensemble de cuerdas femeninas y un grupo de músicos de Medio Oriente, todo mezclado con un grupo estable que maneja bien las coordenadas del funk y el R&B. Vine, vi y seguí, porque a trescientos metros estaban los Flaming Lips. Si el espíritu glastonburiano pudiera corporizarse en uno de los artistas, creo que Wayne Coyne y los suyos tendrían todos los números de esa particular rifa. Por la espectacular coreografía –confetti disparado al público, nubes de humo, láseres, amebas multicolores como fondo de escenario- pero sobre todo por la música y la vibración de la banda, que logró con sus canciones, sus letras y sus parlamentos hermanar espiritualmente a las treinta y cinco mil personas presentes. Solo Wayne puede hacer balar como ovejas a su audiencia y al segundo lograr que miles de bocas imiten el sonido de una abeja o un helicóptero. Flaming Lips tiene un repertorio bizarro y encantador como pocos. No pude resistirme a ver su set hasta el fin. Tuve que sacrificar a The xx, que estaban en The Park. A esa altura -como decía aquella película- eran un puente demasiado lejos…

El sábado me recibió el rock californiano de Jackson Browne, enriquecido por un capo de la guitarra, David Lindley. Fue grato escuchar aquellos clásicos de antaño, “Fountain of sorrow”, “Before the deluge”y “The pretender”, pero no tuve un enganche emotivo especial con Browne. El sol pegaba fuerte y me fui a paso lento hacia la Holts Stage para degustar el contagioso ritmo africano del maliense Bassekou Kouyate y su banda Ngoni ba. Su sonido está basado en el ngoni, un instrumento africano de la familia del laúd, con un timbre muy dulce. Cuando convergen varios “ngonistas” al mismo tiempo, se forma una trama sonora hipnótica y envolvente. Al salir me sorprendió el desfile de carrozas: una traía calaveras, otra parecía un barco pirata vikingo, la tercera un caracol gigante… Todo muy bien, pero ahora necesitaba rock y la respuesta la dio The Dead Weather. Nada de “¿cómo están Glastonbury?”, nada de hacer cantar interjecciones descerebradas a la gente, nada de nada. Rock puro, furioso, sexual; ese que no toma prisioneros, ese que tiene incorporada la rrrrrrabia de vivir. Jack White y Alison Mosshart, acollarados en una misma mística, le pusieron electricidad y sentido rockero a la tarde. “¡Por fin un músico enojado!”, anoté en mi libreta y me fui rodeado por un campo de fuerza catártico a la John Peel Stage en busca de nuevas emociones. No tuve mucho que esperar: apenas pasadas las seis de la tarde, subió Marina and the Diamonds. Marina es bella, totalmente sensual y sabe muy bien cómo moverse por un escenario. Enseguida tuvo a toda la gente comiendo de su mano. Su música lo justifica: temas sólidos, con buenos estribillos y mejores letras. Desfilaron varias perlas de su debut, The Family Jewels: “Shampain”, “I am not a robot”, y la notable “Are you satisfied?” El registro de Marina es impecable y su presencia escénica les da un punch extra. Salí a varios centímetros del piso. Mientras me recuperaba pasaron los Foals, estrenando un complejo y sofisticado segundo álbum, Total Life Forever. En vivo se la bancan: ritmo sostenido, colisión creativa de guitarras, buenas voces y una fricción musical excitante. Se van entre vítores. Sacrifiqué por segunda vez a The xx -que me gustan bastante en disco- por amor a Nick Lowe. Crucé medio Glastonbury para verlo en la Acoustic y, si bien sus clásicos estaban allí en letra y música, no terminé de engancharme con la vibra del show. Por suerte crepté con mis últimas fuerzas hasta The Park para ver a Laura Marling. A los veinte años ya tiene dos álbumes ya en su haber. Su voz cultivada tiene la energía como para transmitir letras sensibles y agudas a la vez. Una abanderada del nuevo folk inglés ante nosotros. Allí mismo, un rato antes, tuve otra grata sorpresa con Beach House. El dúo de Baltimore hace un rock introspectivo con melodías oscuras que calan hondo en la carcaza cerebral. Atención con ellos.
Bajé la colina escuchando a mi derecha el funk de Parliament/Funkadelic en la West Holts Stage (antes el escenario de Jazz y World Music) y sonreí imaginando todo el circo de George Clinton a pleno. A mi izquierda, Pet Shop Boys hacía cantar al público de The Other Stage con el indestructible “Always on my mind” que supo hacer Elvis Presley. Mi destino era Muse y si bien dos horas de rock hímnico -cantado siempre allá arriba por Matthew Bellamy- es más de lo que puedo asimilar, admito que tanto la actuación como la puesta escénica del trío fueron impecables, acordes al lugar que Muse ocupa hoy en la Premier League del rock inglés.

El domingo 26 puse la música en pausa y remonté la colina hacia los Green Fields, los bien llamados campos curativos y la zona verde de Glastonbury. Por un lado están los stands de Greenpeace, Oxfam, Water Aid y varias otras organizaciones que tratan de hacer el planeta un lugar más habitable. Podés hablar con ellos y enterarte en forma amable y sin “meloneo” de qué se trata lo que hacen y dónde podés subirte, si la cosa te interesa. Por el otro están los varios puestos de artesanías y habilidades manuales, que te invitan, descontracturadamente, a hacer algo creativo con tus manos. No muy lejos, para el atribulado fan festivalero con huesos doloridos, hay carpas de masajes de todo tipo y descripción, gratuitos. Uno aporta algo sólo si quiere. Hay hasta un rincón de terapia de agua, donde uno se acuesta entre almohadones rodeado de charquitos y pequeñas cascadas, simplemente a escuchar el ruido del líquido elemento. Y entre todos estos puestos ves monumentos benévolos: un violinista enorme hecho de paja, un dragón de barro, guirnaldas, flores enormes y, por supuesto, los personajes típicos, como el músico que montó su piano en una bicicleta y va de aquí para allá pedaleando y regalando melodías. La gente sonríe. Sigo subiendo, paso el Círculo de Piedras, un monumento cuya edad nadie sabe a ciencia cierta y llego a la parte más alta de la colina. Me doy vuelta y tengo todo Glastonbury a mis pies. Las carpas multicolores a la distancia; los diferentes escenarios, la procesión de gente que viene y va por todas partes. Es una imagen que quedará en mi retina mucho tiempo.
Hora de volver a la música. Atravieso la zona de circo, teatro y comedia y llego al escenario West Holst donde Dr. John está dando una clase magistral de rhythm and blues de New Orleans. Para entrar en calor tocó “Iko Iko” y vi al público del mediodía apurando el almuerzo para sumarse a los coros de “Let the good times roll” y mecerse con el ritmo hoodoo de “Mama Roux”. A todo esto, el escenario principal tuvo su cuota de variedad. Norah Jones captó el mood suavecito de la tarde con un set melódico, pero no le huyó al hechizo de un buen rock, como cuando hizo “Cry cry cry”, de Johnny Cash. Enseguida Slash puso el nervio rockero a funcionar a mil con un set encendido y más tarde le tocó el turno al gran Ray Davies. Fue un recital muy emotivo. Ray se había enterado de la muerte de Pete Quaife, bajista original de los Kinks, y buena parte de su set estuvo dedicada a su viejo compañero de armas. Salió con formación de grupo de rock, alternando guitarra acústica y eléctrica, y luego hizo subir a un coro de unas treinta personas. Ray hizo los hits que todos querían escuchar, “Sunny afternoon”, “Dedicated follower of fashion”, “Lola” y “Waterloo sunset”, pero también se tomó el tiempo para soltar calientes versiones de “I need you”, “I’m not like anybody else” y “Village Green Preservation Society”, más un “Days” especialmente conmovedor.
Me tomé un respiro para disfrutar del reggae atemporal de Toots & the Maytals y en el camino vi a MGMT seducir a más de treinta mil personas con los sonidos de su reciente Congratulations. Ahora bien, una parte integral del atractivo de Glastonbury son las cosas inesperadas que saltan a tu paso mientras vas de aquí para allá, y en el escenario Glade asistí a una alucinante actuación del mismísimo Dios del Fuego, Arthur Brown. Maquillado delirantemente como en sus mejores días, Brown entregó un set pasional, con una soberbia versión de “I put a spell on you”. Luego, por un camino lateral, abrazado por las copas de decenas de árboles, llegué al escenario más hippie de la fiesta, el Avalon. Allí Imelda May me sacudió con su melodioso rockabilly y su notable simpatía. Tiene una banda al tono: contrabajo y guitarra twanguera siguiéndole los pasos sin perder el ritmo jamás. Un rato antes, una leyenda del folk estadounidense había dejado boquiabiertos a todos: Judy Collins cantó y contó anécdotas de ayer y de hoy con la cristalina voz que aún conserva a sus 71 abriles. Caía lentamente la noche cuando Richard Thompson, solo con su guitarra, le puso un toque de clase a la carpa Acoustic, y ya sentía esa mezcla de alegría y melancolía que inevitablemente saluda el final de Glastonbury pero… faltaba todavía un grande: Stevie Wonder. Creo que no pudo pensarse un mejor epílogo para la celebración de los primeros cuarenta de Glastonbury. Stevie dio justo con el clima de fiesta. Con una tremenda banda donde abundaban los bronces y los coros, se paseó por “Superstition”, “Signed, sealed, delivered, I’m yours”, “I just called to say I love you” y otros hits; le quedó fuerzas para un cover de Marley (“Jamming”) y el “We can work it out” de los Beatles y como guindilla sobre la torta, se despidió con una monumental versión de aquel clásico que en su momento le dedicó al líder de los derechos humanos, el reverendo Martin Luther King, “Happy birthday”, esta vez en homenaje al aniversario del festival. Y si faltaba algo para completar la fiesta, Stevie invitó al responsable de todo esto, Michael Eavis, a subir al escenario y cantar algunas estrofas a coro junto a las noventa mil personas que rodeaban la Pyramid Stage. Los ojos, húmedos…
El reloj dio las doce pero la carroza no se convirtió en calabaza. Como decía antes, somos peregrinos. Buscamos el calor y la hermandad de nuestros semejantes en ritos que muchas veces nos son esquivos. Pero Glastonbury es una sonora realidad, que merece vivirse y degustarse porque uno se siente una persona mejor después de estar aquí. Y espero estar allí para el aniversario cuarenta y uno. Glastonbury es un vicio sano.

ROSKILDE BAILÓ FUNK

Ahora me esperaba Dinamarca y una nueva edición del festival más sólido de la Europa continental: Roskilde. Ese pueblito, a media hora de Copenhague, antigua sede de los reyes daneses, se preparaba para otra edición del evento que reúne anualmente lo mejor del rock anglosajón, los más destacados músicos escandinavos, y una selección de sonidos de todo el planeta. Esta diversidad estilística le ha dado a Roskilde un tono distintivo y único. La apertura oficial es siempre el jueves por la tarde y no hay que perdérsela, porque ese día suele haber más de un apetitoso plato musical. Este año la presencia excluyente fue Efterklang en el Odeon. Este escenario es el de los grupos en vías de consagración y nada más apropiado: Efterklang está para las ligas mayores. Tienen un sonido que pasa por el rock y se vincula con la música clásica, pero sería demasiado holgazán meterlos en el casillero “rock de cámara” y abandonarlos allí, porque estos daneses apuntan a más. Manejan un notable rango dinámico, tienen humor y poesía, y una jugosa interacción entre los instrumentos rockeros, la electrónica y los bronces. No se parece a nada que hayan escuchado. La gente de 4AD lo sabe y por eso los contrataron para editar su nuevo álbum, Magic Chairs.
Roskilde me tenía preparadas algunas sorpresas. Me impresionó el aplomo de Alice In Chains, que parece haber adquirido un nuevo vigor con la edición del álbum Black Gives Way to Blue. Me gustó mucho Pendulum en la gigantesca Arena, una carpa con la capacidad de nuestro Luna Park. Con su rock dinámico y un despliegue escénico inclaudicable, los australianos se ganaron al público desde el vamos. La audiencia danesa entró en éxtasis con un par de grupos locales. Nephew son hoy día enormes en su país y se entiende por qué: tienen una paleta amplia, donde entra el rock grandioso y de buenas melodías, un toque de electrónica y algún atisbo dark. Su reciente Danmark/Denmark ya es disco de platino y juntaron ochenta mil personas delante del Orange Stage. Una cantidad de gente parecida se arremolinó para ver a Dizzy Mizz Lizzy, power trío en la vena Divididos, que regresaba a los escenarios luego de una larga pausa. Se ve que dejaron una marca indeleble en el inconciente colectivo porque la aplanadora del rock danés vino, vio y venció.
Los organizadores de Roskilde también tienen paladar negro. Lo comprobé al ver a Tinariwen, con su mezcla de ritmos africanos y sonidos de Medio Oriente y también con Van Dyke Parks. El legendario músico, compinche de Brian Wilson en Smile y otros varios proyectos, se presentó con una orquesta al completo, la Danish National Youth Ensemble, y nos paseó por piezas selectas de su discografía, de bizarro encanto. Investigador infatigable de la música étnica de varias latitudes, Parks se concentró en esta ocasión en los sonidos latinos, con el aporte de la cantante guatemalteca Gaby Moreno. Hubo aires mexicanos, boleros, y un homenaje al gran Lowell George con el tema de Little Feat “Sailin’ shoes”.
La diversidad de Roskilde se reflejó también en la carpa Pavilion. Allí el trío de japonesas Nisennenmondai la emprendió con un noise-rock extremo, pero también pasó el rock psicodélico de Wooden Shjips, el thrash metal de los suecos Sólstafir y el folk-rock de Titus Andronicus. En lo que hace a sonidos extremos, la carpa Odeon no se quedó atrás. Fue testigo del imaginativo repertorio de los Dirty Projectors, otra banda cuyo límite es el cielo. Con elaborados juegos de voces, ritmos y melodías poco comunes y un juego de luces diseñado para complementarse perfectamente con los sonidos, el grupo de Brooklyn fue algo especial: Los Beach Boys de Pet Sounds dialogan con Tortoise sobre Talking Heads.
Mis respetos a Porcupine Tree. Media hora de su set me bastó para convencerme que el concepto de rock progresivo admite una nueva lectura. Me gustó la energía y justeza de Bad Lieutenant, la nueva banda del ex guitarrista de Joy Division y New Order, Bernard Sumner, y disfruté mucho de su final con “Love will tear us apart”. Y si a la Arena le hacía falta algo de humor y desparpajo, NOFX se encargó de ellos con su mezcla de punk y viñetas tex-mex.
Como este Roskilde tuvo menos escenarios y más espacio entre los artistas, el tiempo dio para ver más y correr menos y también para degustar perlas de la gastronomía autóctona, como el postre danés Koldskål, una especie de postre royal de vainilla semi-líquido, donde nadan unos bizcochos muy ricos llamados kamme junkere y unas deliciosas frutillas. Refrescante y gran tentempié, una gran recomendación de la gente de Efterklang.
Back to the music... Them Crooked Vultures me dejó la alegría de Dave Grohl por volver a aporrear la batería y la fina estirpe de John Paul Jones. Creo sin embargo que a la banda le falta concretar su potencial en el rubro composición. A The Prodigy y a Motörhead los disfruté en pequeñas dosis, al igual que a LCD Soundsystem, que abarrotó la carpa dance Monopol, pero guardo un párrafo final para tres artistas que me marcaron fuerte: Patti Smith por su garra, su potencia como intérprete y comunicadora y por seguir manteniendo a flor de piel el espíritu punk a los sesenta y pico. Memorables versiones de “Gloria”, “Because the night” y el cover stone “Play with fire”, así como también la arenga que fue preludio de “My generation”, de los Who: “Tenemos la fuerza para resistir. Ustedes son el futuro y van a decidir qué será de nuestros ríos, de nuestro aire, de nuestro medio ambiente. No dejemos que los jodan las corporaciones y los gobiernos. Tenemos el poder, ¡usémoslo!” Amen.
Pavement fue algo serio. La banda que le puso su sello al rock indie yanqui de los ’90 volvió con todo. Tocando con autoridad y aprovechando la sinergia entre los dos núcleos de poder, los guitarristas y cantantes Stephen Malkmus y Scott Krannberg, Pavement fue una hora y media a puro decibelazo. Clásicos como “Gold Soundz”, “Two states” o “Trigger cut” han ganado peso específico con los años. Suenan mejor que nunca.
Y para el final, Prince. Era un misterio; lo suponía reservado, quizás hasta hosco. Pero el músico que subió a la Orange Stage a las diez de la noche del domingo tenía las cosas claras. Caló en seguida el espíritu colectivo y desató una gigantesca fiesta dance para noventa mil personas. No faltaron los hits, claro: “1991”, “Kiss”, “Purple rain” y hasta un par de covers afines, como “Le freak” de Chic y algo de Sly & the Family Stone, pero lo principal es que la banda sonó con onda y con un encastre envidiable. Prince, con su lugarteniente habitual Sheila E. y gran elenco, cerraron Roskilde a puro funk. Y fue justicia.
Como siempre, la fiesta siguió en la zona de la Arena, con un combo de DJs y músicos colombianos dispuestos a sacudir cuerpos escandinavos a pura cumbia hasta que las velas no ardieran. Pasé para registrar el momento, por la fuerza del ritual, pero ya empezaba a sentir el efecto de dos festivales al hilo. Sin embargo, más allá del cansancio y la madrugada incipiente, mientras se asomaban las primeras luces del día en el Este, pensé una vez más en el inmenso poder curativo de la música. Y deseé muy fuertemente que esta bendición nos siga acompañando por siempre.

Alfredo Rosso

jueves, 15 de abril de 2010

ALEJANDRO DEL PRADO : PARA QUE LAS EMOCIONES VUELVAN

Esta es una nota que publiqué en La Mano, creo que hacia fines del 2008, después de entrevistar a Alejandro del Prado con motivo de la edición de su álbum "Yo Vengo de Otro Siglo" por parte de Acqua Records. Conocía parte del material del disco por haberlo escuchado por el trío PosPorteño -que integraban Del Prado en guitarra y voz, Rodolfo García en batería y Daniel Ferrón en bajo- en varios memorables recitales de La Vaca Profana, hace ya algunos años. Aparte de un demo no quedó nada grabado de PosPorteño, por eso fue una alegría especial cuando Diego Zapico, director de Acqua, me confió a mediados de 2008 que se venía, nomás, un nuevo disco de Alejandro, un artista al que admiro desde hace tiempo. El resultado de nuestro encuentro con Del Prado en las oficinas de Acqua es la nota que sigue.


Para que las emociones vuelvan

            Tarde de sol. De verano. Centro de Buenos Aires. Mientras allá afuera un megáfono suelta un rosario de protestas y los gases de los autos siguen aportando al fondo del Efecto Invernadero, adentro estamos con Alejandro Del Prado en plena esgrima de palabras y de gestos. La excusa formal es desglosar su nuevo disco,Yo Vengo de Otro Siglo, el primero que edita en 25 años (¡chupate esa mandarina, Axl Rose!), pero pronto nos vamos alegremente  por las ramas, como corresponde.   


            “Proferir es llamar a las cosas por su esencia”, le escucho decir a Alejandro del Prado, y eso me recuerda que todavía no se llevaron la ciudad. Salgo a pedalear por la mañana y todavía me sorprende que por un rato pueda tomar desprevenidos a los agentes disolventes de la memoria. Me quedo un rato viendo con asombro aquellas caprichosas fachadas de casas hechas hace décadas, sin apuro y sin cálculo; el fondo continuo de follaje tupido y entrelazado de árboles plantados en días de tranvías y resistente tracción a sangre. Mi memoria tiene seres, lugares y anécdotas que me pertenecen, pero también hay otras memorias que se juntan con la mía, distintas y parecidas a la vez. Las descubro en poemas, aparecen en cuentos, y se hacen canciones. Alejandro Del Prado se apareció con unas cuantas de esas canciones, como quien trae masitas para el té y –aclaró por si hiciera falta- “Yo vengo de otro siglo”. Yo también, pero me gusta juntarlo con el XXI y ver qué sale.
            Son las seis de la tarde de un viernes de calor pringoso en un primer piso de Callao y Corrientes. Abajo retumba un bombo y suena un megáfono con algún reclamo reivindicatorio que no se alcanza a discernir. Estamos en medio de Buenos Aires hablando de ese otro Buenos Aires que está internalizado en Yo Vengo de Otro Siglo, un diario de ruta que llevó más de veinte años escribir.
El nombre del álbum explica el significado oculto de “Con 2X y 1 tango”, las dos equis como número romano pertenecen al siglo que se fue. El disco de Alejandro también pasa despacio y vertiginoso a la vez, como un siglo, como gira la cuchara del café (que no tiene por qué ser el último…) y la sensación es parecida a la de un amigo que te cuenta cosas que en el fondo ya sabías, pero te las cuenta de tal forma que se te aparecen como revelaciones. Y uno a veces se halla transubstanciado en esos símbolos urbanos que Alejandro arroja al aire de sus estrofas en curiosos malabares. “Para que los gorriones vuelvan”. No había reparado en que había menos gorriones hasta que el tema me lo dijo. Pero mi corazón está con el protagonista que, solitario y tozudo, piensa poner siempre pan en la vereda hasta que vuelvan. Tal vez con ellos regrese también una sensación de que alguien en la ciudad todavía nos da la bienvenida.
Yo Vengo de Otro Siglo  tiende un puente de un cuarto de siglo con aquel cantautor que apareció en la escena criolla de los ’80, cuando volvía la democracia, con discos como Dejo Constancia (1982) y Los Locos de Buenos Aires (1984). En el medio corrió mucha agua bajo el proverbial puente, incluyendo una estadía de dos años en México y casi tres en Madrid. Años en que Alejandro siguió componiendo. Pero sin importar por dónde lo llevara su destino, el epicentro de las estrofas de Alejandro Del Prado siempre estuvo en Buenos Aires. Todas estas asociaciones me llevan irremediablemente a uno de los temas que definen el nuevo álbum, “Hijo de un puerto”, un espejo de esos hijos y nietos de inmigrantes que somos y, como parte de los tics y las contradicciones que nos vienen de nacimiento, el tema evoca con agudeza esa indeleble nostalgia por mares que no conocimos que nos arrebata de mil maneras. Pienso en voz alta en esas historias de ancestros que se lanzaron sin red a la aventura de “La América”, dejando atrás todo lo conocido. Alejandro me oye: “…¿Y dónde se quedaron a vivir? Lo más cerca posible del país del cual se fueron. Y eso, a quince mil kilómetros, ¿qué es? ¡El puerto! Algunos se fueron para adentro del país, pero muchos se quedaron ahí, en el borde…” En la ruta de la evocación, pasamos por Saloma, banda que integró en los ’70 y de la cual recuerdo especialmente una efusiva versión de “Canción de vagabundos”, el poema de Raúl González Tuñón.
            “Con Saloma laburábamos en un crucero. Hacíamos toda la costa de los canales fueguinos y hasta nos salieron un par de viajes al Caribe. Allí vimos muchos puertos, todos diferentes. Barbados, Nassau, Jamaica. Muy lindas experiencias, aunque en aquella época yo estaba más leyendo a Eduardo Galeano que escuchando a Bob Marley, pero igual conocí a los rastas. Los tripulantes del barco bajaban bien empilchados, y todos parecían Travolta, ¡cómo bailaban!… Unas historias hermosas. Y ese olor de los puertos, entre sorgo y petróleo, esa densidad… El calor de Bahía, una caipirinha helada y volver al aire acondicionado del barco.  Esos viajes los hicimos con Saloma en los veranos de los ’70, en épocas de la dictadura…” 
Le comento a Alejandro que conocí el único álbum de Saloma, Canciones de Buenos Aires, cuando comenzaba a trabajar como programador de radio, allá por 1977, y me sorprendió la fusión de géneros que por entonces parecían estar enfrentados: folklore, tango, pop, y una curiosa tapa donde los músicos parecían salir de la base de hormigón de una construcción. “Esa foto la sacamos en un edificio sin terminar de la Ciudad Universitaria. Estamos con los ojos cerrados, los torsos desnudos y los brazos en alto, metidos en un agujero donde irían las vigas de los cimientos Un niño me dijo ¿están saliendo o se están hundiendo? Buena reflexión…”
            Las reflexiones abundan en Yo Vengo de Otro Siglo. El álbum evoca personajes y cauces de una gran ciudad que cambió, acumulando auras generacionales diferentes como capas geológicas que se van aposentando unas sobre otras. Se hace evidente en “Yo conozco un Buenos Aires”, que contrapone imágenes urbanas pasadas y presentes con gracia y donaire. Y también en el catálogo de adorables excéntricos que alberga la nueva versión de “Los locos de Buenos Aires”, y aquí mejor que los explique una parte de la letra: “llenando de sol la noche / con su fuerza, con su arte/ andan sueltos por la vida / con su fe, su fantasía / cuidado con esa gente, no se sabe que pretende…” La charla nos lleva al barrio de Almagro y a un decálogo de esos locos que conviven, cada uno con su historia. Alejandro me cuenta de su sorpresa al descubrir uno de esos titanes de cemento que sostienen balcones. “Una cara terrible, mirándome, allí en Guardia Vieja y Bulnes, arriba de un boliche que se llama La Doblada. A distintas horas del día la luz del sol le pega en forma diferente. Y bueno, de eso vivían muchos. La escuela de cerámica que está allí en Bulnes… en esas escuelas se enseñaba este tipo de arte… Es un laburo que ya no se hace más…”
Hay muchas instancias evocativas en Yo Vengo de Otro Siglo, pero el truco es que la evocación está encarada desde el aquí y el ahora. Y el álbum respira. Tiene murga, tango, candombe, rock, balada… y hasta fútbol. No puedo evitar preguntarle por el héroe del tema “Paravalancha”, ese “hincha, hijo de un hincha, nieto de un hincha que soñó ser jugador…”  Me acordé de viejos picados barriales con pelota de cuero y arcos hechos con montones de ropa. “Sí, y el travesaño lo calculabas a ojo… Yo hacía gimnasia en Velez y como estaba con mis amigos, un día me fui a probar como jugador, pero era demasiado pasional… Jugué mucho, demasiado al fútbol. Jugué picados con jugadores de veras, por mi relación con Osvaldo Ardizzone o por mi hermano Horacio, ambos periodistas deportivos. Había partido y asado… Llegué a jugar con Bochini, con Pastoriza, con Perfumo. Incluso con Diego, una vez, en la canchita de entrenamiento de Argentinos Juniors. También jugué en el viejo Gasómetro de San Lorenzo… Algunos se acuerdan de lugares donde tuvieron novias. Yo siempre me acuerdo de donde toqué o donde jugué un partido. Y el tema “Paravalancha” habla de ese lugar adonde se sube el que dirige a la hinchada. El que dice “¡Vamo’ vamo’! y mira el partido al revés, de espaldas a los jugadores… Antes de saber lo que era el pogo yo conocía el pogo de la tribuna. Y los tablones te mecían y te levantaban… Yo era de los que iban temprano, veía a la reserva. Me cagaba de calor…”
Le confieso a Alejandro que siempre me fascinaron los periodistas deportivos diferentes, como el iconoclasta Dante Panzeri o los que teñían sus crónicas de poesía urbanas con acentos tangueros, como Osvaldo Ardizzone, presente con una de sus entrañables glosas en el preludio a otro de los grandes temas del álbum: “Yo conozco un Buenos Aires” Le pregunto cómo lo conoció a Osvaldo y cómo llegó a musicalizar sus poesías. “Mi hermano Horacio trabajaba con Ardizzone en El Gráfico y me trajo una nota que Ardizzone le había hecho a “Chirola” Yazalde, aquel delantero de Independiente que venía de Fiorito, igual que Maradona, y que después se fue a jugar a Portugal. La nota empezaba diciendo: “Purrete: de la orilla / la vida de salida te cantó la bolilla más fulera / y en la ruleta pequera del que gana y del que pierde / de la frontera del Riachuelo te llevó para su lado y te hiciste Sur…” Yo leí eso y pensé ¡huy, qué lindo! Y ahí empecé a tocar con él, a los dieciséis años.”
Justo antes que termine Yo Vengo de Otro Siglo  hay un tributo a don Alfredo Zitarrosa, que evoca los días en que Alejandro acompañó al ilustre cantautor oriental en México, y –a modo de bonus track- un versión grabada en vivo en 1986 de “Si te contara”, clásico de los primeros tiempos de Del Prado como solista, donde se suma la voz de su esposa Susana del Prado, fallecida en 2007 y una de las dos homenajeadas en la dedicatoria de este álbum. (La otra es Amapola, la nieta de Alejandro y Susana).
Confieso que hace años que esperaba este disco. Lo empecé a imaginar cuando Alejandro volvió a tocar con cierta frecuencia con Posporteño, el grupo que integró entre 2004 y 2005 con Rodolfo García en batería y Daniel Ferrón en bajo. Los recitales del trío en Vaca Profana fueron un deleite que pronto se convirtió en secreto a voces. El tinte urbano de las letras de Alejandro ubicado en un marco musical con la sensibilidad del tango y la elasticidad del jazz. Con algunos cambios en los arreglos, parte del repertorio de Posporteño vio la luz en Yo Vengo de Otro Siglo y entre las canciones que parecían hechos a medida para aquellas noches del local de Almagro estaba “Con este porcentaje de humedad”, al que le cabe al dedillo la descripción de “tema urbano/reflexivo de madrugada”, y si llovizna finito, ¡mejor!  Si fuese un simple, su lado B bien prodría ser “Pagadios”, crónica de solitarios indecisos intentando redimirse y elevarse. El poeta los comprende y, en última instancia, invoca la responsabilidad divina: “Pagadios, pagadios… lo que el hombre está rompiendo.”  
Cae la tarde, como diría Cantilo y la nota va llegando a su fin. Diego Zapico, capo del sello Acqua y “fogonero” de Yo Vengo de Otro Siglo me mira como diciendo: “¿Viste que lo sacamos, al final?” Ya no tendrá que bancarse mis ansiosas llamadas telefónicas de los últimos meses diciéndole: “¿Ya hay fumata blanca?” Ahora lo tengo por fin en mis manos. Veo la tapa, con los matasellos y la foto casi surrealista de Alejandro Del Prado disfrazado de indiecito -en algún carnaval infantil de Villa Real, imagino- y las letras de su nombre en la caligrafía de su padre, el genial dibujante y caricaturista Calé, aquel que supo inmortalizar tantos ritos porteños en su inefable tira  “Buenos Aires en camiseta”, y que también se hace presente con un par de dibujos con su sello en el interior del librito, que tiene una portada simil pasaporte y una contraportada con una misteriosa inscripción en chino-taiwanés. Alejandro: “La hizo el chino de debajo de mi casa, con el cual nos conocemos de muchos años. Se volvía a Taiwán, porque el padre está muy mayor… Y le pedí como despedida que me escribiese ‘Buenos Aires’ en chino. Estuvo como diez minutos trazando las rayitas…”

                                                           Alfredo Rosso