miércoles, 30 de enero de 2013

EL DOCTOR ATIENDE EN NEW ORLEANS

por Alfredo Rosso



Tuve la fortuna de entrevistar a Dr. John en dos oportunidades. La más reciente fue a mediados del 2012, con motivo de la edición del brillante álbum "Locked Down". Y como en el primer reportaje Dr. John había hablado extensamente sobre sus comienzos y sobre la primera parte de su carrera, me pareció una buena idea combinar ambas entrevistas. Aquí las tienen, formando una sola nota que, me parece, quedó bastante coherente.

 
                                  
Con la colaboración de Dan Auberbach, de The Black Keys, como productor, Dr.John editó en 2012 “Locked Down” uno de los discos más signficativos de su extensa carrera. Aquí están los detalles de ese excelente disco, contados por el propio músico, quien también habla de otros momentos claves de su extensa carrera.

¿Cómo surgió la asociación con Dan Auberbach, que derivó en Locked Down?
Sucedió que mi nieta me hizo escuchar los discos de los Black Keys, y una vez que conocí su música se produjo una conexión espiritual: justo en esa época Dan me llamó y al poco tiempo vino a New Orleans a conocerme en persona.

Esa conexión se consolidó en el estudio de grabación, y Dr. John dice que Dan lo estimuló a escribir canciones que expresaran sin tapujos lo que sentía acerca de sí mismo y de la sociedad de hoy en día. Auberbach, además, le permitió a la banda que armó para grabar Locked Down hacer su propio aporte a los temas. A Dr. John le recordó la forma de trabajar de los años ’50, cuando un músico traía la idea básica y todos los demás iban aportando lo suyo.

Uno de los temas más significativos de Locked Down es Revolution, que hasta tiene un cierto aire de tango en el centro.
“Revolution” refleja la forma en que la gente se siente sobre cosas que pasan hoy día en el mundo. Estamos atrapados en una situación donde, por ejemplo, los ricos se vuelven más ricos y los pobres son cada vez más pobres. Y no es una buena forma de vida. Lo de la cadencia de tango es cierto, y además, en ese tema toco un órgano Farfisa, algo que no hacía desde que toqué con el Sir Douglas Quintet, en los años ’70. Yo odiaba ese sonido, pero había un Farfisa en el estudio y empecé a tocar algunas cosas. Dan me sugirió que lo pusiera en el tema. Y la idea me gustó...

Otro tema del disco con comentario social es Ice Age.
Según lo veo yo, el mundo se encuentra en una Era de Hielo en este preciso momento, y no es algo bueno. Tenés a las grandes compañías dominando las ciudades y la gente está siendo congelada y perjudicada de mil maneras en su vida diaria.

Tengo entendido que “Eleggua”, nombre de uno de los temas, designa a una entidad espiritual.
Correcto. Eleggua es una deidad a la que se le reza en cierta rama del folklore vudú. Todas las cosas tienen un iniciador y Eleggua es una esencia, una presencia que te ayuda a entrar, que te hace franquear la puerta. Tenés que pasar por Eleggua para hacer que las cosas funcionen y, si no respetás su presencia, vas a ser víctima de varios de sus trucos, una y otra vez.

Hay un elemento de fuerte ironía en el tema “Big shot”. ¿Qué lo inspiró?
Lo escribí como una especie de broma acerca de mí mismo y también de mucha otra gente que he conocido a lo largo de los años, que son considerados como “gente importante”, cuando nadie es realmente importante en realidad. Es un tema que le toma el pelo a la gente demasiado pagada de sí misma.

Me gustaría que usted elija ahora una canción de “Locked Down” de la que esté especialmente orgulloso.
Me gusta “My children, my angels”. Esa canción se la dediqué a mis hijos. Un intento de hacer las paces, de compensar –de un modo concreto y significativo- por los momentos en que no estuve presente para ellos.



Yendo atrás en el tiempo… ¿Cómo empezó su relación con la música?
Crecí rodeado de música. Mi padre vendía discos y muchos de mis familiares tocaban instrumentos. Una de mis tías me enseñó a tocar el piano. En New Orleans todo el mundo tiene la música a su alrededor. En los años 50 comencé a trabajar en los clubes y tuve la suerte de conocer a artistas que me ayudaron y me mostraron cosas. Un día mi profesor de guitarra me pidió que lo reemplazara en una grabación y antes de que me diera cuenta, ya era sesionista. Era una época muy excitante en New Orleans. Se tocaba una música genial y había unas chicas hermosísimas. ¡Tantas cosas me pasaron en la vida por las hermosas chicas de New Orleans...!

¿Podría comentar algo sobre Walter “Papoose” Nelson  su ídolo y profesor de guitarra?
El fue mi segundo profesor. Me encantaba su manera de cantar y también su estilo de guitarra. No me enseñó durante mucho tiempo pero fuimos amigos hasta su muerte. Era una persona con un don especial. El me hizo conocer a grandes guitarristas, como Billy Butler y  Mickey Baker. Me enseñó el estilo de guitarra de T-Bone Walker, que fue uno de mis más grandes ídolos de todos los tiempos.

Sabemos que fue productor discográfico para los sellos Ace, Ric y Ron  y que tocó en muchísimas sesiones. Cuéntenos cómo era la escena musical de esos días de los 50 y 60.
Es cierto. Fui productor, compositor y músico de estudio, todo al mismo tiempo. El dinero no era demasiado bueno, así que había que hacer todas esas cosas para poder ganarte la vida, pero yo lo disfrutaba, de todas maneras. Además, lo que hoy en día llaman “A & R man” (director artístico) en las grabadoras, no es lo mismo que lo que era en esos días. Mi trabajo consistía en encontrar artistas talentosos, llevarlos al estudio, encontrarles material para grabar si no lo tenían, hacer el disco y entregárselo al sello terminado. Uno estaba involucrado en todos los aspectos de la realización de un disco. Pero, además, era muy divertido. En esos días también armé una gran banda de 21 músicos para secundar a los músicos de rhythm and blues y de rock n’ roll que venían a tocar a New Orleans. En esos shows era de rigor el poner una determinada cantidad de músicos sobre el escenario. Otra experiencia memorable.
           
También en esos días ocurrió el incidente que casi le cuesta la carrera –y la vida- a McRebennack. Durante una de las giras de su banda, intercedió en una pelea entre uno de los músicos y el mánager de un hotel. El mánager sacó un revolver y una bala hirió a Rebennack en su dedo índice izquierdo, lesionando su habilidad para tocar la guitarra. De allí en más  pasó a concentrarse en los teclados.

Tiempo más tarde me fui a la Costa Oeste, porque el trabajo había mermado en New Orleans. Allí toqué con todo tipo de artistas. Con Sonny & Cher, Johnny Watson, the O’Jays, Iron Butterfly, incluso hice algunas cosas para Phil Spector. Toqué rock psicodélico, toqué rhythm and blues, de todo.  Desde Professor Longhair a the Strawberry Alarm Clock. Y también, durante todo ese tiempo, iba acumulando ideas para mi propio proyecto, el de Dr. John. En realidad pensaba que iba a hacer un solo disco como Dr. John. No me imaginaba que iba a durar tanto, pero así es la vida. Uno nunca sabe...

Me gustaría que nos cuente un poco acerca de esos primeros álbumes solistas que hicieron famoso el nombre de Dr. John, como Gris-Gris, Gumbo y In The Right Place.
            Bueno, el álbum Gris Gris fue un tributo a la música de New Orleans. Intentamos ser fieles al espíritu de esa música. Después tuvimos éxito con Gumbo y con In The Right Place. Entramos en el ránking y eso cambió toda la historia. Pero nunca pude entender cómo Atlantic me tuvo tanto tiempo bajo contrato, ya que tardamos bastante tener un hit. Pero, bueno, la industria era diferente en esos días.

Para los argentinos, la primera oportunidad real de ver a Dr. John en acción
--tocando el tema “Such A Night”- fue en 1978,  cuando se estrenó la película The Last Waltz de Martin Scorsese, la filmación de ese gran concierto de despedida a The Band con un elenco multiestelar, que incluyó a Muddy Waters,  Eric Clapton, Neil Young, Bob Dylan, Joni Mitchell y muchos más. ¿Qué recuerdos tiene de ese gran evento?
            Recuerdo la noche anterior, cuando Muddy Waters estaba ensayando. Tocó una canción que solía hacer Sonny Boy Williamson, llamada “Nine Below Zero”. Todos los guitarristas lo observaban extasiados... Fue una época especial. Todos los músicos de The Band eran tipos muy especiales. Yo conocía a Levon Helm (baterista de The Band) desde los años 50 y la verdad es que esa banda generó una cosa muy poderosa con su música. Todos los músicos que llamaron para participar del espectáculo vinieron. Fue algo mágico.

            Durante las décadas siguientes, Dr. John grabó varios álbumes más, incluyendo In A Sentimental Mood, un larga duración de “standards” con produccion de Tommy LiPuma y Going Back To New Orleans que lo reunió con varios músicos de su ciudad natal, como the Neville Brothers y le hizo ganar su segundo premio Grammy en 1992 (El primero lo había obtenido en 1989 por su versión de “Makin’ Whoopee!”, a dúo con la cantante Rickie Lee Jones. Hace un par de años, Dr. John hizo Anuther Zone acompañado por músicos ingleses de nueva generación.

Me gustaría saber cómo se dio el encuentro con los  músicos de “Anuther Zone” y cómo llegó a grabar el tema de John Martyn, “I Don’t Wanna Know About Evil”.
Bueno, yo ya había trabajado con músicos ingleses en la época de The Soon, Moon & Herbs, allá por 1971, en aquella oportunidad con Mick Jagger, Eric Clapton y otros que conocía. En esta ocasión sucedió que venía de grabar un disco en vivo en Londres, Trippin’ Live y aproveché para tocar en el programa de TV de Jools Holland. Allí fue donde conocí a algunos de los muchachos que tocaron en Anuther Zone, músicos de Supergrass y de Spiritualized, además del propio Holland y de Paul Weller. Fue justamente Weller el que me hizo conocer el tema “I Don’t Wanna Know About Evil”.

Luego Ud. grabó “Duke Elegant”, un tributo a uno de los grandes músicos del siglo XX, Duke Ellington. ¿Cómo se le ocurrió la idea de este homenaje?
Fue muy estimulante armar este tributo a Duke Ellington y una de las primeras cosas que se me ocurrieron fue buscar temas raros de Duke –además de grabar los éxitos habituales-, para que la gente pudiese apreciar los distintos aspectos de su música. Lo que hice, también, fue re-armonizar y re-hacer algunas cosas dentro de los temas. Duke era una persona muy especial, a la que tuve la fortuna de conocer. Pienso que se hubiera divertido con mi disco.

Usted participó en algún capítulo de la serie televisiva “Treme”, que es un verdadero homenaje a New Orleans. ¿Qué tan fiel es esa visión de la ciudad después del huracán Katrina?
Bueno, yo no tengo televisor, pero por el programa en que participé puedo decir que
me pareció una muy fiel descripción de lo que pasó después del Katrina. Hay un personaje en particular, el de un maestro o profesor [se refiera al personaje de John Goodman] que representa muy bien la justa indignación de la gente de New Orleans por la desidia del gobierno en brindar ayuda y contención.

Sé que en marzo de 2012, Ud. hizo un tributo a Louis Armstrong en Nueva York, y que también organizó un recital homenaje a la música de New Orleans con otras leyendas como Irma Thomas. ¿Cómo sigue su historia? Bueno, espero que en algún momento del futuro cercano podamos concretar el tributo a Louis Armstrong en un álbum. En cuanto al homenaje a New Orleans, la idea es crear conciencia entre el público sobre la necesidad de ayudar a los músicos mayores porque, a diferencia de otras profesiones, la nuestra no tiene un plan de jubilación. Nos sentimos bendecidos porque la música es algo tan poderoso que nos permite sobreponernos a muchas cosas, pero en esto necesitamos la comprensión de todos. En cuanto a mí, tengo una serie de shows que me tendrán ocupado hasta el mes de diciembre, pero realmente me encantaría que se de la posibilidad de visitar Argentina. ¡Ya es tiempo de que lo haga!



martes, 4 de septiembre de 2012

ROSKILDE, BABEL MUSICAL EN LA BRUMA VIKINGA



Allá por 2004 me tocó cubrir el Festival de Roskilde, Dinamarca, para revista La Mano. Ese año la programación fue espectacular, tanto por la calidad como por la variedad de los artistas, de todas las latitudes, que tomaron parte en el evento. Que lo disfruté mucho me parece que está claro en el informe que sigue. Me parece que conserva la excitación que me causó el festival en aquel momento y por eso lo elegí para Mundorosso. Ojalá lo disfruten. 

Shock cultural

            Shock cultural número uno: las ventanas de mi hotel danés no tienen persianas.  Estamos muy al norte y la noche del verano boreal dura menos que la promesa del Salariazo.  O sea que el sol entra a la pieza a las seis de la mañana, como buen astro botón que es, y tengo que hacerme sombra con ese antifaz sin agujeritos que te regalan en los aviones junto al cepillito de dientes y el mini-dentífrico.  Me siento un insomne al que le ponen la venda antes de fusilar.  Shock cultural número dos: pensaba, por experiencias previas, que las coronas danesas estaban de a diez el dólar.  El banco me espabila rápidamente: son cinco punto cinco por cada verde.  ¡Otra vez sopa!  Bueno, pero estoy en Roskilde, primer festival de rock de la Europa continental, junto a otras 90.000 almas. ¿Me voy a calentar por boludeces? ¡Por supuesto que sí!

Cambalache nórdico

            Roskilde no tiene la onda mística de Glastonbury pero es como esa tía consentidora que nos costea todos los vicios a escondidas de los viejos. Tenés de todo y eso a veces desconcierta.  Sólo 300 metros separan el blitzkrieg nu-metal de Korn en el escenario Orange de las modulaciones africanas de Oumou Sangaré, la Aretha de Mali, en el Ballroom de la world music.  También hay rincones para bandas nuevas, consagradas, promesas, regresos, afirmaciones, cultos, renegados, desenfrenados y superados.  Pero este es un festival nórdico y debo decirles que Escandinavia ama el Death metal y sus múltiples variaciones.  Veo tribus vikingas blandiendo banderas danesas, suecas y noruegas.  Forman un semi-círculo alrededor del escenario principal y de la mega-carpa llamada Arena y adoran totems metaleros como Meshuggah o Within Temptation.  Llevan un puño en alto y la mirada errante, tal vez perdida en alguna evocación de viejos raids por las costas de la Bretaña, Islandia y Groenlandia, en pos de oro, sangre y vulvas.  Hasta la marca de cerveza que auspicia el festival –Tuborg- parece el nombre de un dios de la guerra.  Sin embargo esta gente es pacífica.  “Al death metal lo quieren porque rescata el folklore vikingo; lo ven como una bandera anti-globalización.” Quien lo afirma es Gustavo, un amigo uruguayo habitué de Roskilde, que vive en Dinamarca hace más de una década.

Ciao ciao bambina, che piove piove

            Llovía en Glastonbury y llueve también en Roskilde. Finito, grueso, más grueso.  Rápido de reflejos, por una vez,  adopto la filosofía del llaverito de Cobain que pusimos en el número uno de La Mano, digo ¡chupanhué! y decido tomarme un margarita en el bar del Ballroom.  Vienen en tres gustos: frozen, kiwi y frutilla y traen una simpática sombrilla de papel glacé en tiritas.  Presiento que me voy a quedar un rato largo porque el Ballroom contiene el forró cósmico del pernambucano Silvério Pessoa y el seleccionado africano del Blues del Desierto: los finos guitarristas Afel Bocoum y Habib Koité y las damas Tartit, con sus letanías árabes y un halo de misterio. ¿Qué pensarán estas chicas? Las que no cantan tienen el velo hasta la nariz y trato en vano de extraer algun secreto de esos ojos grandes y fijos.  Los coros, la percusión y las cadencias del kora  -esa cruza de guitarra y sitar que viene de Mali- empiezan a hipnotizarme.  Pasan horas hasta que rompo el hechizo, pero sé que volveré para las puyas caribeñas de la colombiana Petrona Martínez.

El que se va sin que lo echen...

            La última onda del rock es volver del limbo y ser tu propia banda homenaje sin necesidad de grabar un nuevo álbum.  Sacás un CD de Greatest Hits, lo tranformás en el repertorio de tus recitales y listo el pollo.  A los Pixies les sale bien porque desde un principio setearon los controles para el corazón de la Generación X: riffs filosos y desmembrados, coros machacantes y letras telegramáticas; afines al margen de atención selectivo de una audiencia que creció con noticieros globales y MTV. Cada tema se funde en el siguiente. Ratatatatá, Bone Machine, Gigantic, Monkey gone to Heaven, Wave of mutilation. Tomá. Tomá. Tomá.  A Frank Black no se le cae una sonrisa.  Kim Deal contempla todo de reojo, con su rictus esquimal. La guitarra de Joey Santiago se queja como un jaguar herido. Los Pixies se fueron.  ¡Qué buenos! digo, y me quedo pensando...  Zafan también los reconstituídos Stooges de Iggy Pop, porque a esa hora la lluvia se convierte en diluvio y uno no puede menos que admirar el tupé de este cincuentón ya largo que pela bíceps, muestra la raya del culito, trepa los parlantes, vuelve empapado y se pone en cuatro patas para aullar como un perro el sempiterno “I wanna be your dog”. Si pienso que el tema “No fun” suena muy actual me voy a deprimir.  Pero no, la depresión la guardo para Santana.  La banda me recuerda a esos cantantes latinos de Grammy fácil que después de baladear féminas impresionables hasta estimular los flujos corporales, hacen un temita pseudo rock para demostrar que son cool.

Yo me amo

            ¿Franz Ferdinand?  Suenan potentes, pero la excitación me duró apenas tres números de La Mano cuando me asaltó la sospecha de que en vez de monitores preferirían tener espejos.  Los King of Leon tocan rock sureño para ellos.  No sé si respetarlos por ignorar olímpicamente a la audiencia u odiarlos por el mismo motivo.  Si, ya sé, me agarró el síndrome de agorafobia, el temible Bacilo de Festival. No hay pentagrama que me venga bien. Conozco los síntomas y sé cómo combatirlos.  Unos excelentes vermichelis al pesto cumplirán el cometido. Ahora veo por fin la marmita al final del arco iris: la verdad estaba en la carpa Pavillion.  Suenen clarines y trompetas porque el gordo de Navidad de Roskilde 2004 se lo lleva TV On the Radio, eximio combo nuevo de Brooklyn de entreveros étnicos en su alineación y música también entreverada de funk, jazz, rock y baladas psicodélicas.  Pelan bronces, guitarras y máquinas.  Piensen en audaces pirotecnias jazzísticas tipo James Blood Ulmer, metan Sly & Family Stone y Love y voilá, aparecen los temas de ese gran album que es ya un secreto a gritos, Desperate Youth, Blood Thirsty Babes.      También me fumo a las Electrelane, que vienen de Brighton, ahí, al sur de Inglaterra, donde se peleaban los Mods y los Rockers, nadie sabe por qué.  Las cuatro chicas la van de serias y circumspectas y hacen música seria y circumspecta. Me gustan. Dos postas más, por el mismo precio: Fiery Furnaces, otra parejita que piensa feo y hace un punk-folk preocupante, ladino y bello.  Y, claro, estuvieron The Shins. Vienen de Albuquerque, que suena parecido a albaricoque, y  sueltan unas armonías vocales tipo Pet Sounds que te la voglio dire.  Si logran escuchar el tema “Gone for good” de su CD Chutes Too Narrow  sin conmoverse es porque ya están en condiciones de ocupar un cargo público.  Y last but not least, Pluramon.  Tienen nombre de remedio expectorante pero estos posrockeros alemanes saben crear climas envolventes y dramáticos, sobre todo cuando la tienen de invitada a Julee Cruise, aquella socia de Angelo Badalamenti que le ponía voces a las pesadillas de Twin Peaks, ¿se acuerdan? Yo no sé qué toma Julee, pero en el Pavillion se paseó con un vestido glitter cortito -claramente inapropiado para estar del lado incorrecto de los 40- y una mirada arrobada que se pierde en el horizonte.  Sus gorjeos ininteligibles me parecieron adorables. 
            Sería un mal argentino si les ocultase que a Bajo Fondo Tango Club les fue bárbaro en Roskilde.  El lugar que les dieron en la programación parecía una broma de Les Luthiers, porque tocaron casi a las 3 de la mañana, pero la combinación de bandoneón, violín, guitarra y electrónica en sutil concuspicencia tanguera derritió el hielo nórdico y arrancó ovación y pedido de bises a los gritos.  Como le dije a Gustavo Santaolalla en el backstage ¡tengo fotos que prueban todo esto! Una para envolverse en la celeste y blanca..
           
Coda del allegro

            ¿Entonces qué?, como decía Javier Martínez.  Se va Roskilde 2004.  Un picnic  pasado por agua que puso a prueba al irredento rockero que en definitiva uno lleva dentro. 
Esta vez tuve que luchar para conectarme y sentir ese rubor de mejillas que le da sentido al brindis final, el que celebran todos los años 5.000 estoicos que se quedan a quemar las velas en el rito final de madrugada, el baile colectivo de la gran carpa Arena.  Como reza el nombre de un notable grupo de electro-pop belga, uno de los “tapados” de Roskilde: Vive la fête!     
Alfredo Rosso


jueves, 30 de agosto de 2012

ROCK DE LA COSTA OESTE: PAZ, AMOR Y RESISTENCIA


“Ojalá que vivas en tiempos interesantes”. La frase se atribuye a una supuesta maldición china y aplica perfectamente a los turbulentos años ’60 en Estados Unidos; época en que se desata la generation gap. Esta brecha ideológica y vivencial involucraba, por un lado, a la generación de entre 45 y 60 años cuyo sistema de valores orbitaba en torno al “modo de vida norteamericano”, centrado en en apoyo a la sociedad de consumo y en la crrencia en el rol de Estados Unidos como guardián de la democracia en el mundo. En la vereda de enfrente estaban sus hijos, los llamados baby boomers. Eran los bebés de la posguerra, que ya tenían 20 años y se negaban a ir a Vietnam a pelear una guerra que sentían como ajena. La difusión de la píldora anticonceptiva había liberado sus cuerpos de la represión sexual padecida por sus mayores -el Sida estaba aún muy lejos en el horizonte-, pero la grieta era más profunda aún. Estos jóvenes no querían seguir la profesión de sus padres ni adoptar su modelo de vida ni su visión del mundo. Y como la comunicación en casa a menudo se volvía imposible, cada día eran más los adolescentes que dejaban sus hogares y se dirigían a la costa oeste del país, a buscarse una vida diferente.

 Jefferson Airplane "Surrealistic Pillow" (1967)
            

 Los más osados adhirieron a ese postulado de la contracultura que incitaba a “volver a la tierra”, a fundar una sociedad alternativa basada en comunidades agrarias autosuficientes y sin roles fijos, donde las tareas de la vida diaria fuesen compartidas por todos sus miembros. Otros simplemente se asentaron en San Francisco y se sumaron a la economía informal de la ciudad, viviendo en casas comunitarias y trabajando como artesanos, músicos y escribas del naciente periodismo alternativo, que muy pronto alumbraría revistas como Rolling Stone y Crawdaddy además de decenas de fanzines impresas por los estudiantes en los campus universitarios. Así también surgieron las primeras expresiones de la conciencia ecológica, cristalizadas en el Whole Earth Catalogue, un compendio de artículos del más diverso origen que apuntaban a todos los aspectos de la vida.

 Grateful Dead: "Live/Dead" (1970)
            El aluvión migratorio de los jóvenes, sumado a la población estable de la ciudad, potenció el desarrollo del rock de San Francisco. Salas como el Avalon, Winterland y el Fillmore se acostumbraron a la presencia de bandas emblemáticas como Jefferson Airplane, The Grateful Dead, Big Brother and the Holding Company -con Janis Joplin- y Country Joe & the Fish. Más allá de las características individuales, los diferentes grupos tenían raíces en común. Conocían el léxico del rock primigenio de Chuck Berry, como así también la rica tradición de blues y de folk del país; todo esto tamizado por el pop de los Beatles, las canciones de Bob Dylan y la literatura Beat de Jack Kerouac y Allen Ginsberg, sumada al espiritualismo de Gary Snyder.

 Country Joe & the Fish "Electric Music for the Mind and Body" (1967)
            Los grupos de San Francisco compartían de igual a igual la ideología y los valores de sus audiencias. Los recitales de los Grateful Dead -capitaneados por el guitarrista y cantante Jerry Garcia - eran un rito colectivo, un motivo de encuentro y de celebración que a menudo tomaba la forma de eventos al aire libre, con entrada gratuita, que solían durar tres o cuatro horas y que mostraban al grupo y a su audiencia en perfecta sintonía.  Jefferson Airplane se valía del encanto de la cantante Grace Slick y el talento de su guitarrista Jorma Kaukonen para denunciar las trampas de la sociedad plástica y Country Joe & the Fish matizaba su “música eléctrica para el cuerpo y la mente” con feroces manifiestos pacifistas, como el que usando la lógica inversa de un típico aviso publicitario, incitaba a los padres y madres del país a enviar sin demora sus hijos a la guerra de Vietnam, espetándoles con sarcasmo: “¡Que sea la primera su casa, en recibir de vuelta a su hijo en una caja!”.

 Spirit: "Spirit" (1967)
            La consigna generacional era liberar el cuerpo y expandir la mente, y en esa búsqueda tuvo un rol preponderante el uso de drogas psicodélicas, como la marihuana y el LSD, el polémico ácido lisérgico. El clima de ritual de los conciertos se acrecentaba –además- por el impacto visual al que contribuían las proyecciones y los juegos de luces multicolores y, en el caso de bandas como Grateful Dead o Quicksilver Messenger Service, las extensas excursiones instrumentales de sus temas llevaban al público a un clima de auténtico trance.
            El rock de Los Angeles, por su parte, mostraba otra faceta de la contracultura, más descarnada e iconoclasta. Tironeado entre su pasión por el cine de autor y su amor por la prosa quemante de Charles Baudelaire y la obra nihilista de Ferdinand Céline, Jim Morrison condujo a The Doors a bucear en la “larga noche del alma” que se escondía detrás del Gran Sueño Americano. Sus letras hablaban de autopistas que llevan al fin de la noche, de sentirse un extraño entre calles escabrosas y ajenas, del fin de los planes elaborados y de las cosas que uno da por seguras. Por su parte, Frank Zappa matizaba la mezcla de pop y música clásico-contemporánea de sus Mothers of Invention con encendidas sátiras a los “hippies de fin de semana”, pero también apuntaba a la hipócrita ambigüedad de sus padres, a quienes demandaba: “¿Alguna vez les dijeron a sus hijos que están felices de que puedan pensar por sí mismos? / ¿alguna vez les dijeron que los aman? ¿Alguna vez dejaron que los vean beber?”.

 The Mothers of Invention: "We're Only in it for the Money" (1968)
            El apogeo del rock de la Costa Oeste puede ubicarse entre esos dos festivales emblemáticos que fueron el de Monterey Pop de junio de 1967 y el de Woodstock en agosto del ’69. Mientras tanto, Estados Unidos se empantanaba más y más en los fangales de Vietnam de la mano del gobierno republicano de Richard Nixon -con su fiel consejero Henry Kissinger- y en el frente interno se acrecentaba la represión contra los “elementos indeseables” que se oponían a la versión oficial de la realidad, una escalada que alcanzaría su cenit en 1970 cuando los soldados y la guardia civil entraron a sangre y fuego en el campus universitario de Kent State para acallar una manifestación antibélica, asesinando a sangre fría a cuatro estudiantes y motivando una respuesta inmediata de Neil Young: “Vino Nixon con sus soldaditos de lata / finalmente estamos solos / este verano escuché los tambores: cuatro muertos en Ohio…”

Crosby, Stills, Nash & Young: "Déjà Vu" (1970)
            El tema “Ohio” de Crosby, Stills, Nash & Young quizás haya sido el último eslabón de un rock californiano comprometido con la problemática de su tiempo. El clima musical de los 70 ciertamente sería diferente y a medida que el rock se convertía en un gran negocio, movilizador de millones de dólares, las redes de la industria musical se orientaron más y más a la búsqueda de fórmulas ganadoras que garantizaran el fluir constante de los hits. De ser un baluarte testimonial, el rock californiano pasó a celebrarse a sí mismo. De todos modos, su gérmen inquieto y revulsivo nunca se diluyó del todo: a la vuelta de la esquina esperaba el vibrión del punk, con Black Flag y los Dead Kennedys a la cabeza. Pero eso, como suele decirse, es otra historia.

                                                                       Alfredo Rosso

West Coast rock, una discografía básica

Jefferson Airplane: “Surrealistic Pillow”
The Grateful Dead: “Live/Dead”;
Big Brother & the Holding Co. con Janis Joplin: “Cheap Thrills”
Country Joe & the Fish: “Electric Music For the Mind and Body”
Quicksilver Messenger Service: “Quicksilver Messenger Service”
Spirit: “Spirit”
The Doors: “The Doors”
Frank Zappa & the Mothers of Invention: “We’re Only In It For the Money”
Buffalo Springfield: “Buffalo Springfield”
Crosby, Stills, Nash & Young: “Déjà Vu”



viernes, 16 de marzo de 2012

FRANK ZAPPA: UNA REPENTINA SENSACIÓN

En revista La Mano, había una sección a mi cargo que se volvió mensual: ¿Cómo se hizo?, donde contábamos cómo se realizó la composición de un tema famoso o el proceso que desembocó en un álbum clásico. Hoy rescaté para Mundorosso la nota que le dedicamos a un gran álbum de Frank Zappa y The Mothers: "Overnite Sensation", editado en 1973.

Portada de "Overnite Sensation"

 
The Mothers

“Overnite Sensation”

En sus tres décadas de carrera musical, Frank Zappa encabezó varias formaciones extraordinarias y entre ellas tiene un sitial muy alto la alineación que dio forma a sus Mothers de 1973  para la grabación de un extraordinario álbum llamado Overnite Sensation. Tenía una sección rítmica funky con Ralph Humphrey en batería y Tom Fowler en bajo más la experiencia de dos avezados músicos provenientes del mundo del jazz, el tecladista George Duke y el violinista Jean-Luc Ponty. A ellos se sumaban dos virtuosos de los instrumentos de viento: el trombonista Bruce Fowler y el trompetista Sal Marquez y como si fuera poco también estaba en el barco de las Mothers el talentoso matrimonio de Ian y Ruth Underwood, expertos en varios instrumentos. ¡Ah!, y por supuesto, el gran Frank en guitarra, voz y composición. 

Frank Zappa

El repertorio de Overnite Sensation era también el más pegadizo y políticamente incorrecto que Zappa hubiese compuesto desde los comienzos de las Mothers of Invention.
“Camarillo brillo” era una sátira a una chica hippie que está un poquito chiflada, como Zappa da a entender en el título, ya que en Camarillo existe una conocida clínica para enfermos mentales. El tema “I’m the slime”, por su parte, destripaba a la televisión, llamándola “la herramienta del gobierno y de la industria / destinada darte órdenes y a controlarte”. “Y vas a hacer lo que se te diga” –advertía Zappa, transformado en siniestro locutor televisivo, “hasta que los derechos sobre vos hayan sido vendidos. No salgas a buscar ayuda: nadie te va a llevar el apunte.”
En Overnite Sensation no faltaban las canciones meramente lascivas, como “Dirty love”, con letra filosa, buen ritmo y un gran solo de Zappa.  La canción de mayor contenido erótico, sin embargo, era “Dinah Moe Humm” donde –en un marco que bordea el soul y el funk, con un pionero uso de la voz en un estilo cuasi hip-hop-  una chica le dice al protagonista que todos los hombres son una basura y le apuesta cuarenta dólares a que no la hace llegar al orgasmo. Después de varios, infructuosos intentos que la canción se ocupa de detallar, el hombre transfiere sus esfuerzos amatorios a la hermana de la desafiante (que actuaba de testigo en esta singular prueba amatoria), y es así como gana la apuesta, porque la desafiante al ver esa escena que protagoniza su hermana, llega finalmente al climax.
Otros grandes momentos de Overnite Sensation eran “Fifty fifty”, con una delirante parte vocal a cargo de Ricky Lancelotti y los no menos esotéricos coros de “Zombie woof”, tema que habla de un marginal que vive al límite y está orgulloso de ello, y que originalmente habría el lado dos en la versión de vinilo.
“Montana” fue escrito cuando Zappa vio una cajita de hilo dental en el botiquín de su baño y decidió que tenía que escribir canciones que fuesen “más específicas”. Así diseñó un tema sobre un aspirante a cowboy que quiere mudarse al remoto estado de Montana para cultivar “dental floss”, o sea la fibra del hilo dental.
Para la tapa, Zappa volvió a emplear al artista David B. McMacken, quien ya había diseñado tanto el poster como la tapa de la obra 200 Motels. El caótico dibujo de portada fue realizado de acuerdo a las especificaciones de Frank y tiene que ver con diversas situaciones por las que los músicos, plomos y manager atravesaron durante la convivencia “en el camino”.
Overnite Sensation se editó en junio de 1973 en el sello Discreet, co-propiedad de Zappa, y –además de ser un gran logro artístico- no le fue nada mal en el aspecto comercial: entró en seguida en el chart de álbumes de USA y se quedó allí cerca de un año, trepando hasta el puesto treinta y dos; el mejor desempeño de Zappa en términos de ventas hasta ese momento.

jueves, 15 de marzo de 2012

DE LA CUEVA AL PARAKULTURAL

Hace algunos años, TodaVía, la revista de OSDE, me pidió un artículo que vinculase dos décadas de gran efervescencia para el rock nacional, como fueron los '60 y los '80. Aproveché la ocasión para incluir, junto a los hechos históricos, algunas reflexiones personales de lo que representó crecer en aquellos años. El resultado fue el artículo "De la Cueva al Parakultural".

DE LA CUEVA AL PARAKULTURAL

LOS 60 : FLORES ENTRE CORCELES Y ACEROS

            El rock nacional comenzó en un bar de una Villa Gesell todavía agreste, sin marcas líderes adornando escaparates, donde Moris, Javier Martínez, Pajarito Zaguri y Pipo Lernoud le pusieron los primeros versos a un disenso existencial que en aquel entonces se llamaba rebeldía. En 1966 eras un rebelde sin causa si contestabas mal, no estudiabas, andabas por ahí con gesto huraño… en fin, si te escapas del molde. “Quedarse en el molde” era una frase muy de moda, igual que “no hagan olas”. Y de pronto, los Beatniks de Moris y Pajarito se apropian del temible mote: Rebelde me llama la gente / rebelde es mi corazón / soy libre y quieren hacerme / esclavo de una tradición.
 Esas dieciocho palabras fundaron el rock nacional, le dieron sentido, cauce, curso. Muy pronto, amparados por la noche interminable que iba de La Cueva de Pueyrredón al bar La Perla de Jujuy y Avenida Rivadavia, el temprano tren de nuestro rock sumó nuevos pasajeros: Miguel Abuelo, Litto Nebbia, Tanguito. Una madrugada, rebotando en los azulejos del baño de La Perla, se escucharon por primera vez unas estrofas emblemáticas: estoy muy solo y triste acá en este mundo de mierda. El decoro de la época transformó el remate en este mundo abandonado, pero la esencia era la misma: una generación empezaba a dejar atrás el lastre de una historia ajena. El tema pedía madera para construir una balsa…¡y naufragar! La idea era sumergirse en un océano nuevo de posibilidades, donde el desafío era escribir vos el libreto de tu vida.  El vozarrón de Javier Martínez lo articularía muy pronto en un gran tema de Manal diciendo: porque hoy nací / hoy, recién hoy, el sol me quemó / y el viento de los vivos me despertó. De repente, si eras joven y pensabas diferente, ya no estabas más solo. El rock nacional era el nexo criollo de una sinfonía de poder juvenil que se tocaba en las calles de Londres, San Francisco, París. La dictadura de Onganía se continuaría en Levingston y luego en Lanusse, pero el rock nacional ya había construido un estado dentro de otro. Por más que te cortasen el pelo a la fuerza “en un coiffeur de seccional”, como decía una letra de Miguel Cantilo, no podían invadirte el espíritu.
            En sus orígenes, el rock nacional fue una música variopinta, adornada con la osadía del que tiene todo para inventar. Almendra metió bandoneones, Arco Iris juntó saxos con bombos legüeros y los primeros Abuelos de la Nada se atrevieron a violonchelos y contracantos. Disueltos los grupos fundacionales, los exAlmendra extendieron las fronteras del rock progresivo en grupos decisivos como Aquelarre, Color Humano, Pescado Rabioso e Invisible. Litto Nebbia, ahora en plan solista, experimentaría con fusiones que lo acercarían al jazz y al folklore. Pappo se daría el gusto, por fin, de poner la piedra fundamental de su trío de blues y los antiguos miembros de Manal serían clave en ese conglomerado de rock formado en torno al cantante y productor Billy Bond: La Pesada del Rock and Roll.  Entretanto, el giro acústico de nuestro rock proponía una mayor atención al mensaje de las letras y el ejemplo más obvio es el álbum Vida, de Sui Generis. Charly García le habla a su público desde un plano de igualdad, con una clara percepción de la crisis de identidad del adolescente y su lucha por afirmarse en un mundo adulto y ajeno. La ambición artística de García y Mestre llevaría el sonido de Sui Generis a un alto nivel de sofisticación musical y de relevancia testimonial en los difíciles años por venir, una tendencia que se continuaría en bandas emblemáticas como La Máquina de Hacer Pájaros y Serú Girán.

LOS ’80 O LA GENERACIÓN DE YO

.           Para el rock nacional, la década del 80 comienza una vez finalizado el conflicto de Malvinas. Esto fue así no sólo porque el rock nacional comenzó a escucharse mucho más en la radio -aunque ya había programas de rock nacional mucho antes de los ’80- sino porque en los dieciocho meses que van desde la rendición de Puerto Argentino en junio de 1982 a las elecciones que recuperan la democracia con la presidencia del Dr.Raúl Alfonsín en diciembre del ’83 hay una verdadera explosión creativa en la Argentina. Se ve en las bellas artes, en la literatura, en el teatro, en el cine y –muy especialmente- en la música. Por todas partes brotan nuevos clubes y locales, como el Ciudadano,  Stud Free Pub, Caras Más Caras y –muy especialmente- el Einstein y el Parakultural, para dar albergue a estas nuevas manifestaciones artísticas.
            El fenómeno no es sólo porteño. En Rosario nace una nueva camada de poetas y músicos que se alinean tras la figura aglutinante del cantante Juan Carlos Baglietto. Son, entre otros, Fito Paez, Jorge Fandermole y Lalo de los Santos. Con una poesía impecable y hasta erudita, traen otra óptica y otros testimonios de esta época de cambios y esperanzas.
Entre nuestros músicos históricos, Luis Alberto Spinetta y Litto Nebbia construyen también sus propios parámetros de la realidad, enfundándolos en las particulares estelas de sus grupos de entonces, Spinetta Jade y las varias permutaciones que adoptaron las bandas del exGatos. Charly García, una vez más, hace punta reflejando la sociedad de su tiempo en una tetralogía incomparable que abarca álbumes como Yendo de la Cama al Living, Clix Modernos, Piano Bar y Parte de la Religión y acaparando buena parte de las presencias masivas en los recitales de los ’80.  Una masividad que también va in crescendo para Sumo y para los Redonditos de Ricota, que al promediar la década habrán dejado atrás el ámbito de los clubes para conquistar el habitat de los estadios cubiertos. Es también una época de desarrollo de las mujeres en el rock, con Celeste Carballo a la cabeza y una nueva camada de chicas que lideran o acompañan bandas, y que incluye a Fabiana Cantilo e Hilda Lizarazu, vinculadas a los Twist e Isabel de Sebastián y Celsa Mel Gowland, encarnando a Metropoli en la segunda mitad de la década.
            También es una era variada en términos estilísticos. Un blues urbano y a flor de piel como el de Memphis La Blusera se abre paso rápidamente, mientras que crece la popularidad del hard rock metalero que Pappo acuña con Riff y el elemento lúdico y poético que Miguel Abuelo desarrolla con la nueva encarnación de Los Abuelos de la Nada -donde hace sus primeros palotes un muy joven Andrés Calamaro- y el rock frontal de Miguel Mateos y Zas, que tendrá un flash de gloria suprema a mediados de la década, cuando su álbum Rockas Vivas supere el medio millón de copias vendidas.
            Pero buena parte de los músicos noveles que surgen en los ’80 no comulga con las metas que habían inspirado a sus hermanos mayores en décadas previas. Las utopías de cambio social habían sido sepultadas en medio de la gran masacre perpetrada por el Proceso militar –a esta altura en sus últimos pasos- pero, incluso en sociedades donde la represión no adquirió la expresión brutal que conocimos en Argentina, la voluntad transformadora de la generación de los llamados “baby boomers” estaba francamente en retirada al despuntar los ’80. Los nuevos jóvenes tienen otras prioridades. Son “The Me Generation”, la generación que se ocupa, primero y por sobre todo, de la primera persona del singular, y sus símbolos hablan por sí mismos: hay una preocupación inédita por la estética del cuerpo (aparecen los alimentos dietéticos, las cirugías correctivas, el auge de los gimnasios) y una seducción por la satisfacción inmediata que provocan drogas euforizantes como la cocaína.
            La expresión del cuerpo es un elemento central de las nuevas canciones y en la actitud que asumen los músicos en sus shows, pero este cambio no se dio de la noche a la mañana. Antes de transformarse en uno de los grandes símbolos de la nueva era, el grupo Virus desató polémicas y provocó rechazos por la forma de bailar y de conducirse en escena de su cantante Federico Moura, un decidido militante de esta nueva estética, como deja bien en claro ya desde el primer hit del grupo,“Wadu wadu”.  El rock desfachatado de Los Violadores, máximos exponentes del punk local, denuncia a la hipocresía criolla que acompañó con su silencio cómplice a la dictadura en las corrosivas estrofas de “Represión”: (Hermosas tierras de amor y paz / hermosas gentes, cordialidad / fútbol, asado y vino / esos son los gustos del pueblo argentino / Represión en la puerta de tu casa / represión en el kiosco de la esquina / represión en la panadería / represión 24 horas al día...) El humor y la sátira también son un vehículo propicio para traer a la superficie los difíciles días vividos. En “Pensé que se trataba de cieguitos”, Pipo Cipolatti y los Twist le daban una nueva vuelta de tuerca a la conocida historia de abuso policial canalizado en una detención sin motivo.
            Otro gran símbolo de la década es Soda Stereo. En su disco debut, de fines de 1984, el trío de Cerati, Zeta y Alberti trazaba todo un mapa de situación del nuevo sistema de valores de los ‘80 con títulos que lo dicen todo: Dietético”, “Mi novia tiene bícepts”, “Afrodisíacos”, “Por qué no puedo ser del Jet Set” y, no por casualidad, “Sobredosis de TV”. La televisión, que los argentinos aprendimos a ver en color desde abril de 1980, es el puntal de una revolución mediática que empieza en los ’80 y alcanza su máxima expresión en nuestros días. Con el arribo de las transmisiones por cable llegó también MTV: ya no bastaba que un grupo sonara bien; ahora también debía tener una imagen comercializadle, porque a partir de los ‘80 la música se vende a través de la pantalla chica. 
            La década del ’80 suele tener mala prensa. Se la acusa de frívola y de vacía de idealismo y sensibilidad. Pero las generalizaciones siempre son groseras: este fue también el período en que la diversidad musical derrumbó las barreras entre géneros y estilos. El rock argentino incorporó los sonidos y la estética del punk y la new wave llegados del mundo anglo y los acomodó a la realidad nacional, como demuestran los casos de Violadores y –ya en las postrimerías del decenio- Attaque 77. Otro tanto ocurrió con el reggae. Su integración sonaba algo forzada en un principio, pero el ritmo jamaiquino terminó fusionándose de un modo natural con los sonidos del rock local. Esa retracción de viejos prejuicios –que años más tarde permitiría también un acercamiento inédito al tango y al folklore- colaboró en mucho para darle al rock argentino la variedad y riqueza expresiva que ostenta hoy, un cuarto de siglo después.

                                                                                                          Alfredo Rosso

domingo, 11 de marzo de 2012

PATTI SMITH Y EL RECUERDO DE "TRAMPIN'"

En 2004, plena época de eclosión de la derecha más recalcitrante que siguió a la invasión de Irak y el apogeo del gobierno de George W. Bush, Patti Smith sacó uno de sus discos más quemantes, un testimonio de su excepcional coraje artístico y su compromiso humanista. En aquellos días me tocó hacer el comentario del álbum para revista La Mano. Es lo que sigue...

Patti Smith. Foto: Frank Stefanko
 
LA ARTISTA PIONERA DEL PUNK NEOYORQUINO PATEA EL TABLERO DEL CONFORMISMO CON UN ALBUM COLOSAL

                                   por Alfredo Rosso

“Nuestro terreno se extiende, desde el corazón de Norteamérica hasta las calles de Baghdad.
Nuestras botas están muy usadas y la mochila que llevamos sobre los hombres
está llena de lágrimas y de grano.
Nos desabrochamos los sacos,
pues la primavera se avecina y el aire está preñado de promesa.
Vamos a esparcir el oro sobre los campos
ya que es primavera, una buena época para vagabundear”.

            Cuando explotó en los 50, el rock dijo “no más”.  Basta de niños crecidos o adultos en miniatura que repetían el molde de papá y mamá en escala.  Basta de slogans de políticos mercenarios.  Elvis movió la pelvis y el mundo hizo plop.  Después Lennon, Dylan y Jagger le dieron su joie de vivre, sus manifiestos y su libido.  Más tarde, Johnny Rotten volvió a cero el contador de bilis para diluir la grasa acumulada; la de la panza y la de las capitales.  Hoy da la impresión que el mundo es ancho y ajeno.  Nadie se atrevería a afirmar, como alguna vez lo hiciera Jim Morrison “ellos tienen los cañones, pero nosotros somos mayoría, cinco a uno...”  Es más ¿quiénes son ellos?, podría preguntar algún lector.
            Patti Smith tiene claro quienes son ellos.  Los nuevos Señores de la Guerra, que cambian petróleo por sangre. Los mismos que se valieron del atentado a las Torres Gemelas para dictar un “acta patriótica” que elimina las garantías constitucionales y criminaliza el disenso en su propia tierra.  “Trampin’ “ significa “vagabundeando” y en este álbum políticamente incorrecto Patti Smith sale a vagar por el país como el folklorista Woody Guthrie, cuando llevaba al ristre una guitarra acústica con la leyenda “esta máquina mata fascistas” e iba de pueblo en pueblo buscando los otros estados unidos, recordándole al hombre común que esa tierra también era su tierra.  Así comienza el disco, con el marchoso folk-blues “Jubilee”, rememorando una instancia bíblica, una fiesta Pentecostal en la que los esclavos eran liberados. De la misma manera el tema resuena con una melodía fresca y una incitación a reclamar el goce liberador del baile colectivo: “Oh, mi tierra / oh, mi bien / gentes no sientan vergüenza / tejamos el nacimiento de la armonía / con los gritos alegres de los niños / manos con manos / bailemos juntos en una ronda de libertad”.
            “Trampin’” resulta intoxicante porque hemos perdido la fe en el poder y la resonancia de las palabras.  Insensibilizados por pantallas catódicas con su pregón de panaceas químicas sin receta y grotescos agrandamientos peneanos, nos cuesta abarcar el desafío implícito en una letra como la del rocker “Stride of the mind”.  Nos desafía a dar
un paso largo con la mente ¡nada menos!, a mudarnos “adonde los sueños crecen / adonde cada persona es una obra de arte / si querés ser considerado / como alguien diferente / si lo deseas de veras / ¡dale de frente!”
            La banda de Patti, la de siempre, la del guitarrista y memorioso periodista de rock Lenny Kaye, el otro guitarrista, Oliver Ray, el baterista Jay Dee Daugherty y el bajista Tony Shanahan siempre se me antojó un grupo competente y ajustado, pero anónimo.  Me costó entender que ésa era precisamente la idea.  Sumar, subrayar, ilustrar, a veces sugerir, otras ampliar.  Sostener el fluir de las estrofas de Patti, hacerle el aguante eléctrico y acústico.  Ampliar el marco, como una calle que se extiende al caminante y tira frondas de árbol, trinos, autos, baches, viento.

Portada de "Trampin'" 
 
            “Trampin’”: contrastes musicales; metáforas siderales.  Temas que orbitan como pequeños planetas... “Jubilee”, la tarantinesca balada “Mother Rose”, “Stride of the mind”, el oscuro fulgor de “Cash”, la calma circular de “Peaceable kingdom.”  En sus cortezas descubro un novedoso sentido de la melodía; un concentrado punch en los riffs y estribillos.  Luego caigo en la fuerza gravitacional de dos mundos paralelos y enormes.  Los nueve minutos de “Ghandi” describen un sueño de Patti donde aparecen dos cruzados de la resistencia pacífica: el patriarca hindú y el ministro negro Martin Luther King.  La Smith no cede a la tentación de hacer una simple oda : la analogía entre sus luchas pacíficas y la necesidad de oponerse a las nuevas tiranías político-mediáticas está implícita en la resonancia de las palabras: jardín sagrado, sueños, lámparas que arden, flores que caen, la naturaleza que llora. Sólo al promediar el crescendo del tema y del relato aparece un clamor en la voz de Patti: “Larga vida a la revolución / y a la rueca / y a un puñado de sal... hombre de dar / únete otra vez a los vivos / despiértate de la red donde has estado durmiendo.../Ghandi Ghandi / despiértate hombrecito / despiértate de tu sueño / y véncelos con las  multitudes.”
            “Radio Baghdad”, el otro gran mundo incandescente de “Trampin’”, contempla la guerra desde el lado de las víctimas pero, más que odio o sed de venganza, la emoción que predomina es desazón y hasta pena por la ceguera del poderoso que arrasa todo a su paso, en su demencia hegemónica.  El lamento por el esplendor perdido de antaño es a la vez una advertencia al vencedor de hoy: todos los imperios, tarde o temprano, caen.  “Ustedes vinieron de occidente / aniquilaron a un pueblo/ pero somos más viejos que ustedes / ustedes quieren robar la cuna de la civilización.../ Nosotros inventamos el cero / el número perfecto / pero no significamos nada para ustedes / Ciudad de estrellas y saber / Ciudad de ideas y de luz / Ciudad de cenizas por la que caminó el gran Califa / sus pies descalzos formaron un círculo y erigieron una ciudad / la perfecta ciudad de Baghdad...”
             “My Blakean year” pasa con la gravedad de un relato Dylaniano tipo “All along the watchtower”.  Hay un conflicto, un misterio que altera la atmósfera, la calma previa a la tempestad.  Patti también conoce los secretos de la “letra preñada”, la que deja flotando una advertencia, una velada amenaza.  En este caso se trata de una esperanza de realización personal con un requisito previo: creer en tu visión, seguirla contra viento y marea, sufrir como sufrió William Blake por la suya: “Preparate para las críticas amargas /porque  ni vida sublime / ni laberinto de riquezas / se revelarán jamás /Las hebras que sostienen la mochila del peregrino / están cosidas en la espalda Blakeana / de modo que tirá tu estúpida capa / y abrazá todo lo que temés / porque la alegría ha de conquistar toda desesperanza / en mi año Blakeano.”  
            “Trampin’” tiene rincones recoletos como el valcesito “Cartwheels”, donde Patti celebra otro tipo de misterio, el de ver crecer a su hija Jesse.  Al espiar ese pasaje a tientas entre niñez y adolescencia, la cantante pondera las alegrías, sinsabores y descubrimientos que le esperan a la muchacha en el camino.  Estos resquicios hacia el ámbito familiar y privado (la balada “Peaceable kingdom” también integra esta liga) ofrecen el contraste justo con el material más extrovertido y militante de “Trampin’”.  Un balance inusual de belleza y potencia.
             “Trampin’” es un álbum de resistencia, pero no es un panfleto.  La  resistencia de Patti Smith pasa por el humanismo, no por la ideología.  Su llamado a la acción no es un llamado a embanderarse, sino a recuperar la dignidad en la vida de todos los días.  La sensación de proporción y de sentido que empezó a perderse cuando dejamos que la maquinaria de la multimedia esparciera sobre nosotros esa sensación de que todo da lo mismo, de que todo en última instancia es entretenimiento, vacuo, inconsecuente.  Si “Trampin’” lucha contra algo, es contra la homogeneidad de la sumisión.
           
           

lunes, 5 de marzo de 2012

EL JIMI HENDRIX BÁSICO

Hace algunos meses, me tocó comentar las fantásticas reediciones que hizo el sello Sony Music de la obra básica de Jimi Hendrix, sumándole a los discos clásicos unos DVD explicativos de cómo se hicieron semejantes discos. Junto con esa serie de álbumes indispensables, Sony también había editado un nuevo álbum de sesiones inéditas de Jimi, "Valleys of Neptune" y su recordado concierto en el festival de Woodstock 1969. Lo que sigue son los comentarios que en aquel momento salieron en el blog de una conocida disquería. Ojalá les sean útiles a quienes quieren comenzar a conocer la discografía del gran músico de Seattle.

 Reediciones Jimi Hendrix

Are You Experienced (CD+DVD)
Axis Bold As Love (CD+DVD)
Electric Ladyland (CD+DVD)
Band of Gypsys (CD)
First Rays of the New Rising Sun (CD+DVD)
Experience Hendrix (CD)
Valleys of Neptune (CD)
Live at Woodstock (2xDVD)

(Todos Sony Music)

            En el 2010 se cumplieron 40 años de la temprana desaparición física de Jimi Hendrix y como suele darse en los aniversarios “redondos”, la fecha coincidió con la reedición de toda su discografía fundamental, realizada con un marco acorde a la enorme importancia del músico que marcó un antes y un después en la historia del rock. Al decir “desaparición física”, pocas veces ese tibio eufemismo para la muerte tuvo tanto de realidad. Porque Hendrix se fue sólo físicamente: es difícil imaginar un músico que siga teniendo semejante vigencia cuatro décadas más tarde. Y lo que lo vuelve especialmente importante es el hecho de que Jimi no sólo revolucionó el concepto de la guitarra eléctrica en el rock, con un estilo único, sino que –además- fue un notable compositor y letrista y un cantante sumamente expresivo. Después de aprender lo fundamental del blues, el soul, el funk y el rhythm and blues tocando como músico de acompañamiento de figuras como Little Richard, the Isley Brothers, Curtis Knight y Ike Turner, entre otros, Hendrix se animó por fin a lanzar su propia banda en la Nueva York de 1966 y allí fue descubierto por el ex bajista de los Animals, Chas Chandler, quien tuvo la suficiente visión como para llevárselo a Inglaterra, ponerle detrás una base rítmica británica (Noel Redding en bajo y Mitch Mitchell en batería) y lo demás es historia: la Jimi Hendrix Experience lanzó sobre el mundo una explosión de imaginación y adrenalina inédita y en apenas dos años, Jimi Hendrix se transformó en una de las figuras capitales en la historia del rock.
            La campaña de reediciones de Sony Music es especialmente atractiva porque los tres discos imprescindibles de Jimi Hendrix con la Experience vienen acompañados –sin un incremento irracional en el precio- por un DVD exquisito donde los protagonistas, incluidos el ingeniero histórico de Hendrix, Eddie Kramer y sus mánagers, cuentan las diferentes vicisitudes y anécdotas que rodearon la grabación de cada uno de esos discos. En el campo del sonido se respeta tanto la remasterización anterior del propio Kramer y de Georgio Marino, así como también los comentarios del libreto que traía la edición previa de Universal, pero se ha agregado un buen número de fotos de época que acrecientan el atractivo de estas reediciones.


            Are You Experienced, editado en 1967, muestra la imaginación compositiva de Hendrix comenzando a levantar vuelo. Por fortuna, los productores de esta reedición tuvieron el buen gusto de respetar el criterio previo en la selección del material, reuniendo en 17 temas las versiones inglesa y estadounidense de este primer álbum, las que originalmente diferían en algunos títulos. Aunque las grabaciones de estudio todavía no le hacían del todo justicia al potencial del grupo, este primer disco nos da una idea cabal del amplio rasgo estilístico de la Experience, del misticismo de “May this be love” y “Third stone from the sun” a la calidez de una canción suave y romántica como “The wind cries Mary”, pasando por el fuego de clásicos como “Purple haze”, “Foxey lady”, “Manic depression” y el propio “Fire”.


            Axis Bold As Love, también del ’67, muestra a una banda que encontró definitivamente su lenguaje musical. Pura magia hecha de psicodelia eléctrica. Aunque el álbum no es conceptual en el sentido clásico de la palabra, uno puede discernir un hilo conductor que recorre canciones deliciosamente articuladas como “Spanish castle magic”, “Little wing”, “Castles made of sand” y la canción que da título al álbum, unidas por letras que combinan el existencialismo joven de la época con estrofas evocativas y ensoñadas. “If 6 was 9” es el grito definitivo de independencia de un joven Hendrix que no quería estar atado a nada y lo expresaba sin pelos en la lengua, a través de una excursión lírico-musical sorprendente.


            Electric Ladyland, editado en 1968, fue el gran disco experimental de la banda. El momento en que Jimi Hendrix decidió llevar su aventura musical y poética un paso más allá. Lo notamos en ese blues cósmico llamado “Voodoo chile” –presente en dos versiones radicalmente diferentes- y en canciones que hablan de la magia, la pasión y la angustia de estar vivos, como “House burning down”, “Burning of the midnight lamp” y la tremenda, definitiva versión de “All along the watchtower”, de Bob Dylan, tan influyente que el propio Dylan, durante muchos años, adoptó el arreglo de Jimi al tocarla.  Pero Electric Ladyland va mucho más lejos, en instrumentación, en arreglos, en solos y efectos de Jimi y su guitarra, y en el amplio aporte de músicos ajenos a la Experience (como Stevie Winwood en teclados, Jack Cassidy en bajo, Chris Wood en flautas y saxos, Dave Mason en guitarra acústica) para ampliar la paleta sonora. En lo que hace a experimentación, quizás el punto más alto se halle en 1983 a merman I should turn to be, una especie de cuento de ciencia ficción oceánico-sideral en el que Hendrix nos lleva, directamente, a otra dimensión.


            Band of Gypsys fue el último disco que salió en vida de Hendrix y muestra un cambio radical en la dirección de la música. Ya disuelta la Experience, Jimi acudió a su viejo compañero del ejército, Billy Cox, para que asumiera el control del bajo, y para la batería incorporó al extrovertido Buddy Miles, que también era compositor y cantante. Con tres músicos de raza negra, Jimi se sumergió en sus raíces: por eso Band of Gypsys –grabado en vivo en la noche de Año Nuevo 1969-70- es una fervorosa celebración de blues, soul, funk y rock. Las letras pueden ser manifiestamente antibélicas, como en “Machine gun”, hablar de los cambios inevitables que trae el vivir (“Them changes”) o reflejar el ansia de un cambio social que expresaba el espíritu de la época (“Power of love”, “Message to love”). En todos los casos nos encontramos con un trío monolítico pero a la vez maleable. Virtuoso y sutil al mismo tiempo. 


            First Rays of the New Rising Sun es también un álbum imprescindible. A pesar de que fue armado “post-mortem”, sus canciones, diversas entre sí, que nos dan una idea de hacia dónde se dirigía la nueva música que Jimi Hendrix imaginaba al momento de su inesperada muerte. Parte del material fue editado en 1971 como The Cry of Love y otras canciones salieron originariamente en la banda sonora del film Rainbow Bridge. En ambos casos se trata de material de primera línea, no de retazos armados para hacer dinero fácil a expensas del ídolo caído. Refuerzan este concepto clásicos como “Freedom” (luego cubierto por el Baker-Gurvitz Army) y la deliciosa balada “Angel”, que –entre otros- grabaron Rod Stewart y Vinegar Joe, la banda donde militaban Elkie Brooks y Robert Palmer, aquel del hit “Doctor doctor”.

            Por su parte, Experience Hendrix es una muy buena recopilación que ofrece una visión global de la carrera de Jimi a través de sus temas más célebres. La única crítica que podría hacérsele es la ausencia de material de Band of Gypsys.
            La actuación de Jimi Hendrix en el festival de Woodstock ya ha entrado en el campo de la leyenda. No fue ni por lejos el mejor de sus recitales: estrenaba una banda nueva que no terminaba de ensamblarse y le tocó en suerte tocar en la mañana del cuarto día del famoso festival, cuando ya quedaba apenas el diez por ciento del medio millón de personas que supo tener en su punto álgido. Sin embargo, la dolida versión mutante del “Star Spangled Banner”, el himno de los Estados Unidos, donde Jimi transforma a su guitarra en un gran alarido de dolor y pasión, convirtió a su actuación en apoteósica. El resto lo hizo la tremenda difusión mundial de la película de Woodstock, que llevó a los ojos ansiosos de los fans de todo el mundo la actuación de Jimi, en una época –pre Internet, pre YouTube, pre giras mundiales- en que no era nada fácil tener acceso a imágenes de tus ídolos rockeros extranjeros. El DVD doble Live In Woodstock no sólo trae la actuación completa de Jimi Hendrix en el festival, sino también todo un disco de extras con –entre otras delicias- reportajes a miembros de la banda, una conferencia de prensa de Jimi brindada pocas semanas después y declaraciones del técnico Eddie Kramer acerca de la grabación del festival.


            Dejé para el final el comentario acerca del “nuevo” álbum de Jimi que acompaña esta campaña de reediciones, Valleys of Neptune. Los que somos fans de Hendrix desde que el guitarrista vivía, nos hemos acostumbrado a todo tipo de reediciones post-mortem de su material, desde álbumes valiosos como el citado First Rays of the New Rising Sun hasta ediciones sin ningún tipo de criterio, motivadas por la codicia de lucrar con el mito. Afortunadamente, Valleys of Neptune es todo un hallazgo: un compendio de grabaciones que abarcan la última etapa de la Experience y los posteriores proyectos musicales que Jimi Hendrix desarrolló en la segunda mitad de 1969. Jimi era un fanático del estudio de grabación y es por eso que aprovechaba al máximo los espacios entre las presentaciones de sus giras para experimentar con nuevo material. Valleys es un disco variopinto, donde encontramos, desde regrabaciones de clásicos como “Fire”, “Stone free”, “Bleeding heart” y “Red house” que muestran a estos temas en una nueva perspectiva, hasta composiciones totalmente inéditas como la que da título al álbum, “Mr. Bad Luck” y “Ships passing through the night” y hasta un cover del clásico de Cream “Sunshine of your love”, que la Experience tocó en repetidas ocasiones, en su última etapa.


            La reposición de la discografía básica de Jimi Hendrix y la aparición de Valleys of Neptune marcan uno de los acontecimientos musicales de los últimos tiempos.